Mateo se volvió hacia Julián.
—Entonces la conversación terminó.
Julián se burló, diciendo que nadie se metía entre marido y mujer.
Mateo no levantó la voz, pero todos lo escucharon.
—Marido es el que cuida. El que abandona solo vuelve cuando le conviene.
El silencio cayó pesado.
Julián apretó los puños, pero no se atrevió a enfrentarlo. Se fue entre la gente, humillado.
Elena temblaba. Mateo le ofreció el brazo.
—¿Quiere que la acompañe a su casa o prefiere bailar una pieza?
Elena miró el salón de madera, las luces amarillas, la música lenta. Y contra todo lo que su miedo le aconsejaba, tomó su brazo.
—Una pieza —susurró—. Solo una.
Bailaron despacio. Mateo la guiaba sin imponerse.
Con Julián, todo había sido prisa, reclamo o cansancio. Con Mateo, hasta el silencio parecía tener cuidado.
Cuando la música terminó, él no la soltó de inmediato. Elena bajó la mirada, sintiendo el rostro arder.
Más tarde, él la acompañó hasta su casa bajo la luna.
En la puerta, Mateo le puso su chamarra sobre los hombros. Sus dedos rozaron su cuello y ella sintió un estremecimiento.
Él preguntó si podía verla al día siguiente. Elena respondió que sí.
Mateo inclinó el rostro con lentitud, dándole tiempo para apartarse.
Ella no se apartó.
El beso fue breve, cálido, respetuoso.
Pero detrás de un árbol seco, Julián lo vio todo. Y en sus ojos no hubo celos de amor, sino cálculo.
Parte 3
A la mañana siguiente, Elena despertó tocándose los labios como si el beso aún estuviera allí. Se reprendió a sí misma por sonreír como muchacha, pero el corazón no le hizo caso.
Barrió la casa, prendió el fogón y hasta puso agua para café. Por primera vez en años, pensó en sembrar algo más que comida: pensó en sembrar futuro.
A media mañana, Julián llegó sin avisar. Traía flores arrancadas del camino y una cara falsa de arrepentimiento.
—Tenemos que hablar —dijo.
Elena intentó cerrar la puerta, pero él metió el pie y entró como si todavía tuviera derecho.
Miró la casa con desprecio.
—Esto sigue igual de pobre. Necesitas un hombre que se encargue.
Elena sintió náusea.
—Necesité un hombre cuando me dejaste sin comida. Ahora necesito que salgas.
Julián cambió de tono. Habló de Mateo, de sus tierras, de su dinero. Dijo que si ella se estaba acercando al ranchero, podía ayudarlo a conseguir trabajo, una sociedad, un préstamo.
Ahí Elena entendió todo.
Julián no había vuelto por amor.
Había vuelto porque olió ventaja.
—Eres más miserable de lo que recordaba —dijo ella.
Julián perdió la máscara. Comenzó a gritar, llamándola ingrata, ambiciosa y mujer fácil.
En ese instante, otra voz sonó desde la entrada.
—Baja la voz.
Mateo estaba parado en la puerta con una caja de madera en las manos. Venía a traerle plantas: bugambilias, margaritas y jazmín, porque recordaba que Elena había dicho que le gustaban las flores.
Al escuchar los gritos, entró sin dudar.
Julián se rió nervioso.
—Esto es asunto de esposos.
Mateo dejó la caja sobre la mesa.
—Un hombre que abandona no recupera títulos cuando le conviene.
Julián avanzó un paso, pero Elena se interpuso. Ya no quería que nadie hablara por ella.
—No necesito defensa —dijo.
Luego miró a Julián de frente.
—Escúchame bien. Esta casa la sostuve yo. El hambre la soporté yo. Las deudas las pagué yo. Las burlas las aguanté yo. Así que la decisión también es mía. No vuelves a entrar aquí como dueño de nada.
Julián quiso responder, pero no encontró dónde pararse. Sin poder, sin público y sin ventaja, salió furioso.
Antes de irse, lanzó su último veneno.
—También él se va a cansar de ti. Como todos.
Elena sintió el golpe, pero no bajó la cabeza.
Cuando Julián se fue, el silencio quedó temblando en la casa. Mateo se acercó despacio.
—No tiene que demostrarle su valor a nadie, Elena. Ya lo tiene.