Cuando terminó, él preguntó si podía tomar agua.
Ella lo dejó pasar.
La casita era pobre, pero limpia. Una mesa de madera, 2 sillas viejas, una imagen de la Virgen de Guadalupe junto a la ventana y un olor a jabón casero que llenaba el cuarto. Mateo bebió agua de un jarro de barro y observó sin desprecio. Eso fue lo que más sorprendió a Elena.
Antes de irse, dejó una pomada sobre la mesa.
—Para la herida.
—No acepto limosnas —respondió ella.
Mateo se puso el sombrero.
—Entonces acéptelo como respeto.
Salió sin esperar respuesta.
Esa noche, Elena se puso la pomada en silencio. Afuera, el viento golpeaba las láminas del techo. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo tibio se movía en su pecho.
Parte 2
Al día siguiente, Mateo volvió con un costal de semillas de frijol. Elena dijo que no podía pagarlas. Él contestó que no las estaba vendiendo.
Ella dijo que tampoco aceptaba regalos.
Mateo sonrió apenas y dejó el costal colgado en la cerca.
—Si no las quiere, que se las coman los pájaros.
Y se fue antes de que ella pudiera discutir.
Elena quiso dejarlo ahí por orgullo, pero la tierra vacía habló más fuerte que su orgullo. Tomó las semillas y las guardó.
En el pueblo, los chismes crecieron como maleza. Que Mateo había estado 2 veces en la casa de Elena. Que un hombre rico no ayudaba sin interés. Que ella seguro ya estaba pensando en casarse de nuevo.
Elena escuchó todo en la tienda de doña Chole mientras compraba harina fiada. No dijo nada, pero al salir llevaba los ojos brillantes de rabia.
En el camino, la bolsa se le rompió. El arroz cayó al polvo, el azúcar se abrió y una pastilla de jabón rodó hasta la zanja.
Elena se agachó, cansada y avergonzada. Antes de que pudiera recogerlo todo, una mano masculina levantó el arroz.
Era Mateo, montado en un caballo alazán.
—¿Usted aparece en todas partes? —preguntó Elena, irritada.
—Estas tierras eran mías antes de que usted sospechara de mí —respondió él con calma.
Ella casi sonrió.
Él notó su cansancio y le preguntó si había comido. Elena mintió que sí. Su estómago la traicionó con un ruido fuerte.
Mateo bajó la mirada para no reírse y sacó de la alforja queso fresco, tortillas calientes envueltas en manta y 2 guayabas.
Comieron bajo un mezquite, cada uno de un lado del tronco, como si la distancia pudiera protegerlos de lo que empezaba a nacer.
Hablaron poco, pero cada palabra pesaba. Elena contó que antes le gustaba sembrar flores, pero hacía años que la vida no le dejaba tiempo para cosas bonitas.
Mateo confesó que su casa era grande, pero a veces se sentía más vacía que un corral sin ganado.
Aquella confesión la sorprendió. Nunca imaginó que un hombre con tanto pudiera sentirse solo.
El sábado llegó la fiesta de San Juan en la plaza. Elena no pensaba ir. No tenía vestido nuevo, ni ganas, ni valor para soportar miradas.
Pero al caer la tarde abrió un baúl viejo y sacó un vestido azul con flores blancas. Lo había usado antes de casarse, cuando todavía creía que la vida podía ser dulce.
Se bañó, trenzó su cabello y fue al pueblo.
La plaza estaba llena de luces, música de banda, puestos de elotes, buñuelos y café de olla.
Algunos se sorprendieron al verla arreglada. Otros murmuraron. Ella fingió no escuchar.
Entonces una voz le heló la sangre.
—Elena.
Julián apareció entre la gente, con la camisa arrugada, olor a alcohol y una sonrisa que antes la habría hecho temblar.
Dijo que la extrañaba. Que la ciudad había sido dura. Que quería volver a casa.
Ella lo miró y no encontró amor, solo costumbre podrida.
—¿Por qué nunca mandaste una carta? —preguntó.
Julián desvió la mirada.
—¿Por qué dejaste deudas a mi nombre?
Él cambió de tema.
Después intentó tomarle la mano. Elena la retiró.
Al ver que la gente miraba, Julián levantó la voz.
—Vine por mi esposa. Una mujer decente no humilla a su marido delante del pueblo.
La vieja vergüenza intentó subirse al pecho de Elena. Pero entonces Mateo apareció a su lado.
No hizo escándalo. No gritó. Solo preguntó:
—Señora Elena, ¿quiere hablar con este hombre?
Ella miró a Julián, luego a Mateo. Por primera vez alguien le preguntaba qué quería ella.
—No —respondió firme.