Parte 1
Cuando Elena encontró a su esposo en la fiesta del pueblo, no venía a pedir perdón: venía a reclamarla como si ella fuera una propiedad olvidada.
Durante 2 años, Elena Ramírez había vivido sola en una casita de adobe al final de un camino polvoriento, cerca de un rancho grande en Los Altos de Jalisco. Su techo goteaba cuando llovía, el fogón a veces amanecía frío por falta de leña, y en la alacena casi siempre había más silencio que comida.
Pero nada le dolía tanto como recordar la mañana en que Julián, su marido, salió con una mochila vieja al hombro y una promesa en la boca.
—Voy a la ciudad a buscar trabajo, Elena. Cuando vuelva, te voy a traer una vida mejor.
Ella le creyó.
Le creyó porque era joven. Porque todavía pensaba que el amor bastaba. Porque había dejado la casa de sus padres para seguir a ese hombre hasta aquel pedazo de tierra seco, donde sembraban maíz, frijol y esperanzas.
Julián no volvió.
Al principio, Elena corría hasta la cerca cada vez que escuchaba un camión pasar por el camino. Se peinaba rápido, se limpiaba las manos en el delantal y se quedaba mirando la nube de polvo, esperando ver bajar a su marido. Pero siempre era otro. Un vendedor. Un vecino. Un desconocido.
Los días se volvieron semanas. Las semanas, meses. Y después de 2 años, lo único que Julián dejó fueron deudas en la tienda, rumores en el pueblo y una esposa que aprendió a dormir con hambre sin quejarse.
En San Jacinto, la gente hablaba como si las palabras no hirieran.
—Algo habrá hecho para que la dejaran.
—Mujer abandonada siempre trae mala suerte.
—Seguro Julián encontró una mejor en Guadalajara.
Elena escuchaba todo con la cabeza alta. No pedía lástima. No tocaba puertas. Si tenía que comer tortillas duras con sal, lo hacía. Si tenía que lavar ropa ajena, cargar agua del pozo, sembrar sola y arreglar la cerca con sus propias manos, también lo hacía.
Una tarde de julio, el calor era tan fuerte que hasta los nopales parecían rendidos. Elena intentaba levantar un poste caído para que los chivos del vecino no entraran a su huerto. La madera estaba podrida, el alambre oxidado, y sus manos, llenas de ampollas.
Empujó con tanta fuerza que el poste se soltó de golpe. Una astilla le abrió la palma.
La sangre le corrió por los dedos.
Elena apretó los dientes, envolvió la herida con un pedazo de su falda y siguió trabajando.
Entonces escuchó el motor de una camioneta.
Del otro lado de la cerca se detuvo una troca blanca. Bajó un hombre alto, con sombrero claro, botas llenas de polvo y una mirada seria que no parecía acostumbrada a perder tiempo.
Era Mateo Sandoval.
Todos en San Jacinto sabían quién era. Dueño del rancho Las Jacarandas, cientos de cabezas de ganado, tierras buenas, trabajadores fieles y una casa grande que desde lejos parecía un palacio. Decían que era justo, reservado y que rara vez sonreía.
Elena lo había visto pasar algunas veces, pero nunca habían cruzado palabra.
Mateo se acercó despacio.
—Ese poste no va a aguantar —dijo con voz tranquila—. Y esa mano necesita atención.
Elena escondió la herida detrás de la espalda.
—Yo puedo sola.
Mateo no discutió. Sacó un pañuelo limpio del bolsillo y lo extendió sobre la cerca.
—No lo dudo. Pero poder sola no significa tener que sangrar sola.
Elena lo miró con desconfianza. Había olvidado cómo se recibía una ayuda sin humillación. Aun así, la mano le ardía demasiado. Le permitió tomar sus dedos. Mateo limpió la sangre con cuidado y envolvió el pañuelo sin apretar.
Sus manos eran grandes, fuertes, pero suaves.
Ese detalle la desarmó más de lo que quiso admitir.
Después, sin pedir permiso para mandar ni hacerse el héroe, Mateo tomó herramientas de su camioneta y arregló la cerca. Elena se quedó mirando, entre agradecida y molesta consigo misma por necesitar a alguien.