Lo que había debajo
El sótano era bajo y estrecho. El techo apenas dejaba espacio para que yo pudiera estar de pie.
Había cajas apiladas de cualquier manera contra las paredes, muebles viejos cubiertos con sábanas llenas de polvo y, en una esquina, un pequeño baúl de madera abierto.
Grace avanzó sin dudar.
Sus ojos brillaban.
—Aquí es donde mamá guardaba sus cosas —dijo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Miré el baúl.
Dentro había fotografías antiguas y cartas descoloridas atadas con una cinta que hacía mucho que había perdido su color.
En una fotografía aparecía una mujer con una sonrisa amable. Tenía el cabello recogido en una trenza suelta y sostenía en brazos a un bebé que se parecía exactamente a Grace cuando era pequeña.
Los ojos de la mujer eran bondadosos, pero había algo en ellos que no conseguía identificar.
Mi mente comenzó a dar vueltas.
Daniel nunca había hablado mucho de su esposa. Solo había mencionado, de manera breve y silenciosa, que había muerto en un accidente de coche cuatro años atrás.
La casa siempre me había parecido un rompecabezas al que le faltaba una pieza.
Y ahora esa pieza estaba frente a mí, cubierta de polvo y tiempo.
Grace abrió un cajón y sacó una pequeña caja de madera.
Dentro había un collar.
Era una sencilla cadena de plata con un pequeño colgante en forma de corazón.
Lo levantó.
Su rostro quedó iluminado por la tenue luz.
—Ella siempre llevaba esto —dijo Grace suavemente.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
El collar coincidía con uno que había visto en una vieja fotografía sobre la repisa de la chimenea.
Era una foto de la difunta esposa de Daniel, una mujer cuya sonrisa siempre me había parecido distante.
Como si sus ojos ocultaran algo.
Mi mano tembló cuando tomé el collar.
El metal estaba frío contra mi piel.
Entonces un ruido repentino me sobresaltó.
Un crujido procedente de las escaleras.
Alguien se estaba moviendo en la casa.
—Deberíamos volver arriba —susurré con la voz ronca.
Grace asintió.
Pero antes de que pudiéramos darnos la vuelta, una voz tenue resonó desde el pasillo.
Un murmullo grave que parecía hacer vibrar el aire.
—No deberían estar aquí.
Me giré con el corazón desbocado.
Daniel estaba parado en la entrada.
Su rostro era una máscara de sorpresa y algo más.
Algo que no podía interpretar.
—¿Qué están haciendo ahí abajo? —preguntó con la voz temblorosa—. Les dije que nadie debía bajar allí.
Grace apretó con más fuerza el collar.
Sus ojos estaban muy abiertos.
—Solo quería enseñárselo —susurró.
Daniel dio un paso hacia el baúl.
Sus dedos rozaron las viejas cartas.
Sacó una.
Sus ojos recorrieron la página y su frente se frunció.
—Esto… esto es de antes del accidente —dijo con la voz quebrada—. Nunca te lo conté… Nunca quise que vieras esto.
Se volvió hacia mí.
Sus ojos me suplicaban.
—Lo siento —susurró.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire húmedo.
En aquel momento, la casa pareció cerrarse sobre nosotros.
Las paredes parecían acercarse.
El olor se volvió más intenso, como un recordatorio de algo que llevaba mucho tiempo enterrado.
Después de cerrar la puerta
Subimos las escaleras.
Los escalones de madera crujían bajo nuestro peso.
La lluvia había terminado y un silencio tranquilo cubría el vecindario.
Las niñas, todavía aferradas al collar, me miraban con una mezcla de confusión y algo más.
Quizá comprendían que el mundo que conocían acababa de cambiar.
Daniel cerró la puerta del sótano con un clic definitivo.
La cerradura volvió a su sitio.
Se quedó de pie en el pasillo, con los hombros caídos y la mirada fija en el suelo.
—Debería habértelo contado —dijo en voz baja—. Mantuve encerrada esa parte de mi vida, no solo el sótano. Pensé que estaba protegiéndote. Protegiendo a las niñas.