Cada sábado ocurría algo en esta prisión que, oficialmente, nadie debería conocer.
En el antiguo campo deportivo situado detrás del edificio principal, se reunían decenas de reclusos. Allí se celebraban peleas ilegales.
En esos combates se hacían apuestas. Algunos apostaban cigarrillos, otros dinero que sus familias transferían a sus cuentas de la prisión, y algunos arriesgaban cosas mucho más valiosas.
Los guardias sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Varios funcionarios de la prisión recibían regularmente dinero de los reclusos y, por ello, decidían mirar hacia otro lado.
Con el tiempo, las peleas se hicieron cada vez más populares.
Incluso llegaron a tener un organizador no oficial.
Se llamaba Marcus.
Antes de ser arrestado, había trabajado durante muchos años para una importante organización criminal y, incluso tras las rejas, seguía teniendo una gran influencia.
Marcus era quien decidía quién iba a pelear, qué apuestas se aceptaban y quién podía entrar al terreno.
Un viernes, una nueva reclusa fue trasladada temporalmente a la prisión.
Una joven llamada Kate.
Solo debía permanecer allí durante tres días antes de ser trasladada a otra prisión.
Cuando la chica apareció por primera vez en el patio, muchos reclusos comenzaron a mirarse entre sí.
En medio de una multitud de cientos de hombres, parecía completamente inofensiva.
Pequeña, delgada y tranquila.
No discutía con nadie, no intentaba llamar la atención y se mantenía apartada.
Por eso, Marcus se interesó casi inmediatamente por la nueva reclusa.
Pensó que podía ganar mucho dinero con ella.
Según sus cálculos, todo era muy sencillo.