Al principio, parecían inofensivos.
Entonces comenzaron a acumularse. “Me di cuenta de que una de mis pulseras no estaba donde la había dejado”.
“Las chicas parecen estar más apegadas a ella que a cualquier otra persona.”
“Ella se siente demasiado cómoda aquí.”
“Ella sabe demasiado.”
“Ella actúa como si no existiera, y esas son las personas peligrosas”.
Al principio, Emiliano lo había ignorado.
Pero la duda es extraña.
No derriba la puerta.
Se cuela por las grietas.
Y una vez dentro, todo empieza a cambiar.
Pronto se encontró reviviendo momentos que nunca antes le habían molestado.
Rosa sabía exactamente cómo le gustaban los sándwiches a Martina.
La forma en que Daniela corría a su encuentro nada más salir de clase.
Ambas chicas parecían sentirse más a gusto con Rosa que con cualquier otra persona en la casa.
Antes de las acusaciones de Patricia, esas cosas habrían parecido amabilidad.
Después, se veían diferentes.
Sospechosas.
Amenazantes.
Errores. Entonces Emiliano tomó una decisión.
Durante la cena, anunció un viaje de última hora a Europa.
—Tengo que irme mañana por la mañana —dijo, apenas tocando la comida.
Daniela fue la primera en levantar la vista.
“Me voy unos días”, les dijo con una sonrisa tranquila. “Pórtense bien”.
“¿Otra vez?” No lo dijo en voz alta, pero la decepción en su voz resonó con más fuerza que si hubiera gritado.
Martina permaneció en silencio. Simplemente agarró la cuchara y se quedó mirando su plato.
Por un instante, Emiliano sintió un nudo en el estómago.
Culpa, tal vez.