Encontró a un niño que custodiaba a su madre moribunda; la decisión de aquel hombre de la montaña lo cambió todo.

Encontró a un niño que custodiaba a su madre moribunda; la decisión de aquel hombre de la montaña lo cambió todo.

8 hombres.

En medio de ellos, uno alto, con abrigo largo y una estrella de plata brillando en el pecho.

—Mateo Arriaga —gritó Julián Castañeda desde afuera—. Entrega a la niña y la bolsa. Soy autoridad. Estás protegiendo propiedad robada.

Mateo apoyó el rifle en la ventana.

—Tu estrella es tan falsa como tu alma, Castañeda.

Julián sonrió con furia.

—Quemen el lugar.

Tres hombres avanzaron con antorchas.

Mateo disparó.

Uno cayó.

Después el mundo estalló en balas.

Las paredes se astillaron.

Una bala le atravesó el hombro y lo tiró de rodillas.

Los hombres patearon la puerta.

Mateo, casi sin fuerzas, vio un barril oxidado en una esquina: pólvora de mina.

Derramó una línea negra hasta la estufa.

Cuando la puerta se abrió y los pistoleros entraron, arrojó una brasa sobre la pólvora.

—¡Abajo, Inés!

La explosión partió la noche en fuego.

La oficina se abrió como una granada.

Los hombres salieron disparados hacia la nieve.

Mateo, sordo y sangrando, arrancó las tablas, tomó a Inés ilesa y escapó por la parte trasera hacia el fondo de la barranca.

Detrás, Julián gritaba órdenes entre humo y llamas.

Delante, Durango aún quedaba lejos.

Y Mateo dejaba un rastro rojo sobre la nieve.

Parte 3

Tardaron 2 días en llegar a la ciudad de Durango.

Mateo caminó como un muerto que se negaba a caer.

Cargó a Inés los últimos kilómetros porque la niña ya no podía sentir los pies.

Cuando las primeras casas aparecieron bajo la luz naranja del atardecer, él no sintió alivio.

Sintió urgencia.

Cada sombra podía ser un hombre de Julián.

Cada placa podía ser falsa.

—¿A dónde vamos? —susurró Inés.

—Con un médico. Y luego con el juez.

Encontró un letrero de madera blanca: “Dra. Elena Quiroga, médica cirujana”.

Empujó la puerta y entró tambaleándose.

Una mujer de unos 35 años salió del consultorio, con el cabello oscuro recogido y los ojos firmes.

No gritó al ver al hombre enorme cubierto de sangre ni a la niña envuelta en pieles.

—Acuéstela ahí —ordenó—. Rápido.

Mateo dejó a Inés en la camilla.