—Ella está fría y cansada. Yo soy el que…
No terminó.
Cayó al piso.
Cuando despertó, tenía el pecho vendado, el hombro cosido y fiebre en los huesos.
Elena estaba sentada junto a la cama leyendo el diario de Rosa.
—Tus armas están en el buró —dijo sin levantar la voz—. Y la niña duerme en el cuarto de al lado. Comió caldo y me contó lo suficiente.
Mateo intentó incorporarse.
—Necesito ver al juez Salmerón.
—Ya mandé un mensaje. Está revisando las escrituras y el diario. También avisó a soldados federales de confianza.
Mateo negó con la cabeza.
—Julián no va a esperar.
La frase apenas salió cuando se escucharon botas en el porche.
Luego una voz potente llenó la calle.
—¡Doctora Quiroga! ¡Abra por orden de la autoridad! Buscamos a un asesino y a una menor secuestrada.
Elena palideció, pero no retrocedió.
—Quédate aquí.
—No.
Mateo se levantó con un gemido, tomó su revólver y caminó hacia la puerta.
Elena le sujetó el brazo.
—No te atrevas a morirte en mi entrada, Mateo Arriaga. Esa niña ya perdió demasiado.
Él le dedicó una sonrisa débil.
—Haré lo posible, doctora.
La calle estaba en silencio.
Vecinos miraban desde ventanas y puertas entreabiertas.
Julián Castañeda estaba a 20 pasos, flanqueado por 4 hombres armados.
Su estrella brillaba sobre el pecho como una burla.
—Te ves acabado, viejo lobo —dijo Julián—. Dame a la niña y tal vez te deje respirar.
Mateo bajó los escalones, tambaleante pero erguido.
—El juez tiene el diario. Tiene las escrituras. Tiene pruebas de que mataste a Rosa Beltrán y a su esposo. La estrella se te acabó.
Por primera vez, el rostro de Julián perdió seguridad.
Si el juez tenía los documentos, solo le quedaba matar a los testigos.
—Mátenlo —ordenó.
Mateo desenfundó.
El primer disparo derribó a un hombre.
El segundo hirió a otro en la pierna.
Julián apuntó directo al corazón de Mateo.
Pero antes de que jalara el gatillo, un estruendo salió desde el porche.
Elena sostenía una escopeta humeante.