Primero con movimientos de cabeza.
Luego con una palabra.
Después con una pregunta.
—¿Usted también perdió a alguien?
Mateo miró el fuego.
—A muchos.
—¿Por eso vive solo?
—Por eso creí que vivir solo era más fácil.
Inés abrazó su muñeca.
—No es más fácil. Solo es más callado.
Aquella frase se le clavó a Mateo más hondo que una bala.
Pero la paz no duró.
Una tarde de ventisca, mientras Inés leía el diario de su madre junto a la chimenea, Mateo oyó pasos afuera.
No pasos perdidos.
Pasos medidos.
De cazador.
Levantó la mano y señaló la trampilla bajo la alfombra de piel.
Inés bajó de inmediato al pequeño sótano donde él guardaba papas y carne seca.
Mateo tomó su rifle y se colocó junto a la puerta.
—¡Buenas! —gritó una voz desde afuera—. ¡Me perdí en la tormenta! ¡Por caridad, abra antes de que me congele!
Mateo no respondió de inmediato.
—¿Quién es?
—Tomás Rueda, arriero de Santiago Papasquiaro. Mi mula se despeñó. No siento las manos.
Dejar a un hombre morir en la nieve era casi asesinarlo.
Mateo abrió apenas, con el rifle apuntando al pecho del desconocido.
El hombre cayó dentro cubierto de hielo, temblando, con bigote escarchado y cara de víctima.
Durante 20 minutos actuó perfecto.
Bebió café.
Contó una historia convincente.
Agradeció con humildad.
Pero entonces sus ojos se movieron hacia el suelo, junto al fogón.
Allí estaba el venadito de madera de Inés.
Un cazador solitario no fabricaba juguetes.
La máscara del hombre se rompió.
Su mano bajó hacia la pistola.
Mateo pateó la mesa y el café hirviendo le saltó a la cara.
El disparo del intruso rompió una ventana.
Ambos cayeron al suelo, golpeándose entre astillas y nieve que entraba con el viento.
Tomás sacó una navaja de la bota y alcanzó a abrirle una herida en las costillas.
Mateo, rugiendo de dolor, le torció la muñeca hasta que el arma cayó, luego lo golpeó contra el piso hasta dejarlo inconsciente.
Cuando registró su abrigo, encontró un telegrama dirigido a Julián Castañeda:
“Encontré la cabaña. La niña está aquí. Suban por el paso viejo.”
Mateo sintió que la cabaña se hacía pequeña.
El secreto había terminado.
Julián no venía solo.
Ató al hombre al poste, sacó a Inés del sótano y empezó a llenar una mochila con carne seca, balas, las escrituras, el diario y la llave de cobre.
—¿A dónde vamos? —preguntó la niña, pálida.
Mateo cargó el rifle.
—A Durango. Buscaremos al juez Octavio Salmerón. Tu madre confiaba en él.
—¿Y si el hombre de la estrella nos alcanza?
Mateo la envolvió en pieles y la sujetó a su espalda con correas de cuero.
—Entonces tendrá que pasar sobre mí.
Salieron a la tormenta.
Caminaron horas entre nieve, piedras y barrancos.
Mateo sentía la sangre congelarse bajo la camisa, pero no se detuvo.
Al anochecer llegaron a un viejo campamento minero abandonado.
Se refugiaron en una oficina de ensaye con techo medio entero.
Encendió un fuego pequeño y escondió a Inés bajo unas tablas sueltas.
Desde la ventana vio luces moviéndose en la barranca.
Jinetes.