El hacendado llegó a cobrar la renta atrasada y encontró a una joven cosiendo 3 noches sin dormir… hasta que una foto escondida reveló la mentira que destruyó a su madre

El hacendado llegó a cobrar la renta atrasada y encontró a una joven cosiendo 3 noches sin dormir… hasta que una foto escondida reveló la mentira que destruyó a su madre

PARTE 1
La noche en que el dueño de la hacienda llegó para echarla a la calle, Ximena tenía los dedos sangrando sobre una máquina de coser vieja y su abuela apenas respiraba en un catre.

La casa de adobe, perdida en las orillas de un pueblo de Jalisco donde el polvo se metía hasta en los rezos, olía a tela húmeda, café recalentado y pomada de farmacia barata. Afuera, el viento movía las láminas del techo como si quisiera arrancarlas. Adentro, la aguja de la vieja Singer subía y bajaba con un golpeteo desesperado.

Ximena tenía 20 años, pero la pobreza le había puesto cansancio de mujer mayor en los hombros. Llevaba 3 noches sin dormir, cosiendo vestidos de manta bordada que debía entregar en el tianguis de Zapopan antes del mediodía. Cada puntada era una apuesta contra el hambre, contra la fiebre de doña Refugio, su abuela, y contra el recibo de renta que llevaba 2 semanas vencido.

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En el catre del rincón, doña Refugio tosió con un sonido seco, como papel rompiéndose.

—Mija… deja eso un ratito.

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Ximena no levantó la vista.

—No puedo, abue. Si termino estos 12 vestidos, mañana pago una parte y compro el antibiótico.

—Dios no abandona.

—Don Julián sí.

El nombre cayó en la habitación como una amenaza. Julián Arriaga, heredero de la Hacienda Los Mezquites, era dueño de media tierra del valle, de los corrales, de las bodegas de agave y también de aquella casita donde Ximena había nacido. La gente decía que Julián no perdonaba deudas. Que si alguien se atrasaba, sus hombres sacaban colchones, santos, ollas y niños a la calle sin mirar atrás. Para él, el pobre siempre mentía, siempre debía algo, siempre exageraba.

Ximena no quería lástima. Nunca la había pedido. Su madre le había dejado esa máquina de coser antes de morir, y con ella había aprendido a remendar uniformes escolares, vestidos de quinceañera, cortinas de fonda y hasta trajes de charro para niños. Pero la enfermedad de doña Refugio se lo había comido todo: ahorros, comida, medicina, esperanza.

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A las 10 de la mañana siguiente, cuando el sol ya quemaba las piedras del camino, se escuchó el motor de una camioneta negra acercándose. No era cualquier camioneta. Era la de la hacienda.

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Ximena sintió que el pedal de la máquina se le atoraba bajo el pie.

Doña Refugio abrió los ojos con miedo.

—Es él.

La camioneta se detuvo frente a la cerca de madera vencida. Julián Arriaga bajó con camisa blanca impecable, sombrero beige, botas limpias y una carpeta de piel bajo el brazo. No venía solo. Detrás de él caminaba Evaristo, el capataz, un hombre ancho de cuello y mirada sucia, acompañado por 2 peones que traían la cara de quienes ya sabían que iban a cargar muebles.

Julián golpeó la puerta con los nudillos, 3 veces.

—Ximena Salcedo. Abra.

La máquina siguió sonando. No porque ella quisiera ignorarlo, sino porque el miedo la había dejado clavada al asiento. Si paraba, se quebraba. Si se quebraba, suplicaría. Y ella había jurado no suplicar jamás.

Evaristo empujó la puerta sin permiso.

—Patrón, aquí están. Ya le dije que estas mujeres se hacen las enfermas para no pagar.

Ximena se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Tenía el cabello negro recogido en un chongo flojo, la blusa gastada y los dedos manchados de sangre seca. Sobre la mesa había vestidos cuidadosamente doblados, listos para venderse. En el rincón, doña Refugio intentó sentarse, pero la fiebre la venció.

Julián entró con la frase preparada, dura, exacta, como todas las órdenes que daba.

Pero no la dijo.

Su mirada se quedó en los dedos de Ximena. Luego en la máquina. Luego en la anciana. Luego en el montón de prendas terminadas con una precisión que no coincidía con la miseria del lugar.

—Vengo por la renta —dijo al fin, pero su voz sonó menos firme de lo que esperaba.

Ximena apretó la tela azul contra el pecho.

—Lo sé. No voy a mentirle. Estoy atrasada. Mi abuela enfermó y todo se fue en medicinas. Si me da hasta mañana en la tarde, vendo estos vestidos y le pago lo que pueda. Solo no la saque a ella al sol. No aguanta.

Evaristo soltó una risa seca.

—Siempre la misma novela. Patrón, con respeto, si hoy les perdona, mañana todo el pueblo deja de pagar.

Julián lo miró de lado.

—Cállate.