PARTE 1
—Si despierta, díganle que su bebé salió débil y que no haga dramas.
Escuché la voz de mi esposo detrás de la puerta de vidrio del cunero, apenas dos días después de mi cesárea de emergencia.
Me llamo Mariana Salgado, y esa madrugada en el Hospital Santa Elena, en Santa Fe, todavía caminaba doblada del dolor. Tenía quince grapas en el vientre y una mano apretando la pared para no caerme. La enfermera me había prometido que en una hora me llevarían a mi hijo.
Pero una madre sabe cuando algo huele mal.
Salí de mi cuarto al escuchar voces bajas. Al asomarme, vi a Rodrigo Arriaga, mi marido, junto a la estación de enfermería. No estaba nervioso. Estaba tranquilo, como cuando firmaba contratos en la empresa de su familia.
Sacó una jeringa pequeña del saco y la metió en la vía de la enfermera nocturna.
La mujer apenas levantó la mirada.
Luego se desplomó sobre el escritorio.
Me tapé la boca para no gritar.
Rodrigo entró al cunero y salió cargando a mi bebé. Mi niño. Grande, rosado, con los puñitos cerrados y ese llanto fuerte que yo había escuchado cuando lo sacaron de mi cuerpo.
Caminó hasta la habitación 407.
Ahí estaba Valeria Rivas.
La “socia” que él juraba que era solo una amiga. La mujer que doña Teresa, mi suegra, defendía demasiado. La misma que también había parido esa noche, antes de tiempo.
Me pegué a la pared, sintiendo que las grapas me quemaban.
La puerta quedó entreabierta.
—Es tuyo, mi amor —susurró Rodrigo, poniendo a mi hijo en brazos de ella—. Está sano. Nadie va a quitarte lo que mereces.
Valeria lloró.
—¿Y el mío?
Rodrigo le besó la frente.