—Mariana se quedará con él. Los doctores dijeron que no pasa del mes. Así todos creerán que el niño enfermo fue suyo.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
El bebé de Valeria tenía una cardiopatía grave. Yo lo sabía porque la noche anterior había escuchado a un cardiólogo decirle a Rodrigo que necesitaba tratamiento inmediato.
Valeria bajó la voz.
—Rodrigo, esto es muy cruel. Ella acaba de parir.
Él soltó una risa suave.
—Por ti yo la dejaría hundirse con ese niño si hace falta.
Me mordí la mano hasta probar sangre.
Siete años casada con ese hombre. Siete años creyendo que construíamos una familia. Siete años soportando a doña Teresa diciéndome que yo no era suficiente para los Arriaga.
Pero Rodrigo cometió un error.
Mi hijo tenía una marquita en forma de media luna bajo el pie izquierdo. Casi invisible.
Yo la había besado cuando me lo mostraron.
Esa misma tarde, cuando Rodrigo se fue a cambiar a Las Lomas, llamé a mi papá. No lloré. Solo dije:
—Me robaron a mi hijo.
En menos de una hora llegó una enfermera privada, una abogada y un médico de confianza.
Entré a la habitación de Valeria con el abdomen ardiendo y el alma helada. Recuperé a mi bebé. Puse al niño enfermo en la cuna que ellos habían elegido para mí. Volví a sellar los brazaletes. Guardé fotos, videos y copias de cada hoja médica.
Al día del alta, doña Teresa entró oliendo a perfume caro y desprecio.
Miró la cuna del bebé enfermo y torció la boca.
—Qué desgracia. Ese niño pálido no puede ser heredero de nada. Mándenlo a Valle de Bravo. No quiero hospitales arruinando el bautizo de Valeria.
Yo bajé la mirada.
Rodrigo salió por el pasillo cargando al bebé que creía perfecto.
Nadie sabía que el secreto ya no estaba en sus manos.