Mariana soltó una risa amarga.
“No empieces. Tu licenciado fue al hospital al día siguiente de que nacieron. Me entregó un sobre con veinte mil pesos y una carta tuya. Decía que si intentaba buscarte, tu familia me quitaría a mis hijos por inestable.”
Sentí náusea.
“Yo nunca mandé a nadie.”
“Claro.”
“Mariana, yo llegué a nuestro departamento y ya no estabas. Mi madre me mostró una carta donde decías que no querías arruinar mi futuro. Me enseñó una transferencia de cuatro millones de pesos a una cuenta a tu nombre. Dijo que te habías ido a Guadalajara con tu ex.”
Mariana abrió la boca, pero no salió sonido.
“¿Cuatro millones?”
“Eso me dijo.”
“Yo salí del hospital con cuatro bebés, una cesárea abierta y doscientos pesos en la bolsa.”
Nos quedamos mirándonos.
Ahí, entre una isla de mármol y cuatro niños dormidos, la historia que ambos habíamos odiado durante seis años empezó a caerse como yeso viejo.
“¿Cómo se llamaba el abogado?”, pregunté.
Mariana tragó saliva.
“Roberto Salcedo.”
El nombre me atravesó.
Salcedo había sido el abogado de confianza de mi madre. Se jubiló de golpe seis años atrás, compró una casa en Mérida y dejó de contestar llamadas.
Antes de que pudiera decir algo, el interfono del departamento sonó.
Contesté.
La voz del guardia estaba tensa.
“Señor Montes, disculpe. Su mamá está abajo con dos escoltas. Dice que si no la dejamos subir, va a despedir a todo el personal del edificio.”
Mariana palideció.
“Alejandro, no la dejes entrar.”
Elías, que yo creía dormido, se levantó del sillón.
“Mamá, ¿es la señora mala?”
Mariana no respondió.
Yo miré a mi hijo, aunque todavía nadie me había dado permiso de llamarlo así.
Luego presioné el botón del interfono.
“Que suba sola. Los escoltas se quedan abajo. Y avise a recepción que si alguien más intenta entrar, llamen a la policía.”
Mariana dio un paso hacia los niños.
Las puertas del elevador privado se abrieron.
Mi madre apareció con un abrigo beige, perlas en el cuello y esa mirada perfecta de mujer que nunca pidió perdón porque siempre compró el silencio antes.
Entró furiosa.
“Alejandro, acabas de humillar a la familia entera.”
Entonces vio a Mariana.
Su rostro se endureció.
Y cuando miró a los cuatro niños dormidos en mi sala, por primera vez en mi vida vi miedo en los ojos de Teresa Montes de Oca.
PARTE 3
Mi madre no gritó al principio.
Eso fue lo peor.
Teresa Montes de Oca siempre había tenido una forma elegante de destruir a la gente. No levantaba la voz. No ensuciaba las manos. Solo inclinaba un poco la cabeza, escogía una frase fría y dejaba que otros hicieran el daño por ella.
Miró a Mariana como si estuviera viendo una mancha en una alfombra cara.
“Con razón desapareciste de la cena”, dijo. “La mesera volvió a pedir limosna.”
Mariana apretó la mandíbula, pero no bajó la mirada.
“Buenas noches, señora Teresa.”
Mi madre soltó una sonrisa mínima.
“No finjas educación conmigo, Mariana. Tú ya cobraste por irte.”
El silencio se volvió filoso.
Yo caminé hasta quedar entre ellas.
“Cuidado con lo que vas a decir.”
Mi madre me miró como si yo siguiera siendo el niño que obedecía cuando ella tronaba los dedos.
“Cuidado tú, Alejandro. Los Santillán están furiosos. Valeria está llorando frente a invitados. La prensa ya preguntó por qué abandonaste tu propio compromiso. ¿Tienes idea de lo que acabas de poner en riesgo?”
“Sí.”
“Entonces vuelve conmigo ahora mismo.”
“No.”
Su expresión cambió.