PARTE 2 — “Mamá, ¿vamos a estar bien?”
Anaya estaba sentada frente a una pequeña mesa cuando recibió la noticia.
La situación económica de la familia había empeorado.
Durante meses había intentado mantener todo funcionando.
Pero ahora tendría que tomar una decisión difícil.
Una de las opciones significaba mudarse a otra ciudad para encontrar trabajo.
La otra significaba quedarse y continuar intentando salir adelante con lo poco que tenía.
El problema era que ninguna opción era sencilla.
Esa noche, mientras sus hijas dormían, Anaya permaneció despierta.
Miró sus rostros.
Una dormía abrazada a una pequeña almohada.
Otra tenía un libro abierto junto a la cama.
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La menor se había quedado dormida abrazando una muñeca.
Anaya sintió un nudo en la garganta.
No quería que sus hijas tuvieran que cargar con sus preocupaciones.
Pero también sabía que debía hacer algo.
Al día siguiente reunió a las cinco.
—Tengo que hablar con ustedes.
Las niñas se miraron.
Mira fue la primera en preguntar:
—¿Pasó algo malo?
Anaya respiró profundamente.
—Quizá tengamos que cambiar algunas cosas durante un tiempo.
Kavya preguntó:
—¿Nos vamos a mudar?
Anaya no respondió inmediatamente.
Entonces Asha tomó su mano.
—Mamá, ¿vamos a estar bien?
Aquella pregunta fue suficiente.
Anaya se arrodilló frente a ellas.
—Sí.
—¿Segura?
—Segura.
No sabía exactamente cómo resolvería todo.
Pero sabía una cosa.
No permitiría que sus hijas crecieran creyendo que las dificultades significaban que sus sueños tenían que terminar.
Los días siguientes fueron complicados.
Anaya comenzó a trabajar más horas.
A veces regresaba cansada.
Pero las niñas empezaron a ayudar.
Mira organizaba algunas tareas.
Kavya ayudaba con la comida.
Nila mantenía ordenadas sus cosas.
Tara se encargaba de hacer reír a todos.
Y Asha seguía siendo responsable de una tarea que consideraba importantísima:
darle abrazos a mamá.
Una noche, mientras cenaban, Mira dijo:
—Mamá, cuando sea grande voy a trabajar mucho.
Anaya sonrió.
—No tienes que trabajar para pagarme nada.
—No quiero pagarte.
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
Mira pensó.
—Quiero que descanses.
Anaya se quedó en silencio.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
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