A las 5:41, el teléfono de Elena vibró sobre la barra de la cocina.
—Señora Cárdenas —dijo el comandante Ramiro Téllez—, su esposo y la señorita Serrano fueron detenidos antes de abordar el vuelo a Barcelona.
—¿Qué encontraron?
—Dinero sin declarar, cheques de 4 cuentas empresariales, contratos originales, joyería reportada y 2 memorias cifradas. Su esposo asegura que usted está medicada y que él solo intentaba proteger el patrimonio.
Incluso atrapado, Adrián seguía presentándola como una mujer frágil para parecer él razonable.
A las 8:00, Julia Alcázar llegó con un contador forense y una carpeta roja. Vestía de negro, llevaba el cabello recogido y tenía la expresión de quien no acudía a consolar a nadie.
—Su abogado pidió desbloquear recursos —informó—. Dice que actuaste por despecho.
—¿Puede demostrar que el dinero era suyo?
Julia abrió la carpeta.
—No. Y aquí viene lo bueno. Hace 5 semanas, Adrián aprobó el protocolo de protección patrimonial. Si existía riesgo de fraude o fuga, tú asumías el control total del fideicomiso.
Adrián había firmado 19 páginas sin mirarlas mientras enviaba audios a Paulina.
—El papeleo aburrido acaba de salvar 73,000,000 de pesos —dijo Julia.
La primera audiencia ocurrió esa misma noche en una sala de la fiscalía. Adrián entró sin cinturón ni corbata, furioso, pero al ver a Elena cambió de rostro.
—Mi amor, neta, todo se salió de control —dijo—. Paulina me presionó. Yo iba a regresar.
Paulina levantó la cabeza desde el fondo.
—¡No seas cobarde! Tú compraste los boletos.
Adrián apretó los labios.
Elena se sentó frente a él.
—A las 2:46 me dijiste que me habías quitado todo.
—Estaba alterado.
—No. Estabas celebrando.
Julia colocó sobre la mesa una denuncia por fraude, administración desleal, falsificación, asociación delictuosa y tentativa de sustracción de activos.
Adrián hojeó las primeras páginas. Su rostro perdió color.
—Esto no puede ser real.
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—Lo es —contestó Elena—. Igual que las empresas fantasma que abriste en Querétaro.
Él golpeó la mesa.
—¡Yo levanté esa compañía!
—Tú levantabas la voz. La compañía la levantamos mi padre y yo.
Entonces Julia conectó una computadora a la pantalla.
Aparecieron transferencias hacia “Servicios Estratégicos del Bajío”, una consultora sin empleados registrada por el hermano de Paulina.
Después se mostraron facturas por transporte que nunca ocurrió, arrendamientos de bodegas inexistentes y compras de equipo médico entregado solo en papel.
El total preliminar era de 51,800,000 pesos.
—Me dijiste que no podían rastrearlo —reclamó Adrián.
—Porque tú dijiste que Elena jamás revisaba nada —respondió Paulina.
Aquella frase quebró su alianza.
Paulina pidió hablar con la fiscalía por separado y, antes de medianoche, entregó la clave de una de las memorias. Creía que así podría salvarse, pero el contenido reveló algo todavía peor.
No solo planeaban robar la empresa.
Habían preparado un expediente médico falso para declarar a Elena incapaz de administrar sus bienes.
Había recetas inventadas, evaluaciones psicológicas alteradas y correos con un médico privado al que Adrián prometió 600,000 pesos.
El plan consistía en provocar una crisis, sedarla durante varios días y presentar documentos firmados por ella mientras estuviera desorientada.
El té de aquella madrugada no era un detalle.
Era el ensayo final.
Cuando Julia le explicó el hallazgo, Elena sintió que el aire desaparecía de la habitación. La infidelidad y el robo eran terribles.
Aquello era diferente: Adrián no quería abandonarla, sino borrarla legalmente.
—¿Él sabía exactamente qué contenían esas gotas? —preguntó Elena.