¡Vaya momento para cortar la historia! Nos has dejado a todos con el corazón en la boca. Menudo giro argumental se avecina entre la traición y algo que parece médico o mucho más oscuro.
Como me has pedido que continúe la historia en español (¡y que sea larga!), aquí tienes la continuación de este misterio:
La Verdad en la Penumbra
…mi mano ya se dirigía hacia la lámpara cuando el sonido de un interruptor ajeno me congeló. No fue la luz de la habitación la que se encendió, sino una pequeña linterna médica, de esas que usan los doctores para examinar las pupilas.
El haz de luz iluminó el rostro de mi esposa, pálido, casi translúcido bajo la penumbra, y luego bajó hacia su cuello.
—Tranquila, Elena —susurró el hombre con una voz que no era de un amante, sino de alguien que ejecuta una rutina dolorosa—. Ya casi termina el ciclo de esta semana. Sé que el dolor es fuerte, pero estás aguantando muy bien.
Mis dedos se apartaron de la lámpara. El aire se volvió a congelar en mis pulmones, pero esta vez no por la rabia, sino por una confusión devastadora.
Vi cómo el hombre abría el maletín negro. Dentro no había ropa, ni cartas, ni nada que delatara una aventura. Había viales de vidrio, jeringas perfectamente alineadas y un pequeño monitor portátil. El olor estéril que Sonia y yo habíamos sentido no era un perfume barato; era alcohol antiséptico y medicamentos de alta densidad.
Mi esposa apartó el cuello de su camisón, revelando una serie de pequeños hematomas que habían estado ocultos durante semanas bajo esas mangas largas que yo había decido ignorar por mi propia paranoia. El hombre, con una destreza quirúrgica, limpió la zona, cargó la jeringa y deslizó la aguja con cuidado. Elena ahogó un gemido, cerrando los ojos con fuerza. Una sola lágrima rodó por su mejilla.
—El tratamiento está funcionando, Elena —dijo el hombre mientras retiraba la aguja y colocaba un pequeño parche—. Pero tu marido no puede seguir en la ignorancia. El estrés emocional de ocultarle esto te está debilitando más que la propia enfermedad.
—No… —susurró ella, con la voz rota—. Él no puede saberlo. Si sabe que el cáncer ha vuelto… si sabe que los médicos me dieron seis meses si el tratamiento experimental fallaba… se vendrá abajo. Sonia lo necesita fuerte. Yo… yo puedo con esto sola un poco más.
El mundo entero se derrumbó sobre mí. No había un agujero bajo mis pies; había un abismo.
El Despertar
Ya no pude fingir más. No me importó el plan, ni la discreción, ni las pastillas de dormir que había escupido en el baño. Encendí la lámpara de la mesilla de noche de golpe.
La luz amarillenta inundó la habitación, cegándonos a los tres por un segundo. El hombre, un médico de mediana edad con el rostro cansado, dio un paso atrás, sorprendido pero extrañamente aliviado. Mi esposa soltó un grito ahogado y se cubrió el rostro con las manos, rompiendo a llorar desconsoladamente.
—¿Qué… qué es esto? —mi voz no era más que un hilo de voz, despojada de toda la furia de antes, llena únicamente de un terror puro y desgarrador.