PARTE 1
“Su hija está muerta, señora… usted no tenía que venir hasta aquí.”
Eso me dijo mi yerno, parado en medio de una sala elegante de Seúl, mientras tres niños rezaban frente a un retrato de mi hija con un moño negro.
Me llamo Rosa María Hernández, nací en Puebla, pero llevo media vida viviendo en la alcaldía Iztapalapa, en la Ciudad de México. Durante once años creí que mi hija Camila estaba lejos, sí, casada con un hombre extranjero, criando a sus hijos en otro país… pero viva.
Cada diciembre llegaba una transferencia enorme a mi cuenta.
Primero pensé que era un error.
Después entendí que venía de ella.
Ochenta mil dólares.
Ochenta mil.
Mis vecinas decían que yo debía estar agradecida.
—Ay, Rosita, tu hija sí te salió buena. Otras ni una llamada hacen.
Yo sonreía por educación, pero por dentro se me hacía piedra el pecho.
Porque una madre no quiere dólares en Navidad.
Quiere escuchar: “Mamá, ¿ya comiste?”
Quiere saber si su hija tiene frío, si durmió bien, si necesita llorar.
Camila se fue a Corea a los veintidós años, enamorada de Park Min-ho, un muchacho serio que conoció en la universidad, cuando él vino a México a estudiar arquitectura. Era amable, correcto, de esos hombres que te miran a los ojos y parecen incapaces de mentir.
En el aeropuerto me tomó las manos y me dijo en español torcido:
—Yo cuidar Camila. Siempre.
Y yo le creí.
Al principio mi hija llamaba seguido. Me enseñaba su departamento, la comida que intentaba preparar, las calles iluminadas de Seúl. Luego fueron audios. Después mensajes cortos.
“Estoy bien, mami.”
“No te preocupes.”
“Min-ho me cuida.”
Hasta que un día también eso se apagó.
Solo quedaron las transferencias.
Y un número extranjero que jamás contestaba.
Ese diciembre llegó otra vez el dinero, pero con una nota distinta.
No decía “Feliz Navidad”.
No decía “te extraño”.
Decía:
“Perdóname, mamá.”
Sentí un frío que no venía del clima.
Esa misma noche compré un boleto a Seúl. No le avisé a nadie. Metí en la maleta mole poblano, camotes de Santa Clara, mazapanes, una Virgen de Guadalupe pequeñita y una bufanda roja que yo misma le había tejido a Camila cuando era adolescente.
El viaje fue eterno.
Cada vez que cerraba los ojos veía a mi hija saliendo de casa con su maleta rosa, prometiéndome que iba a volver pronto.
Llegué a Seúl con el cuerpo deshecho y el corazón dando golpes.
Era Navidad, pero allá no olía a ponche ni a canela.
Olía a nieve, a metal, a distancia.
Tomé un taxi hasta la dirección que había guardado por años.
Un edificio alto, impecable, silencioso.
Demasiado silencioso.
En recepción dije el nombre de mi hija.
—Camila Park. Soy su mamá.
El guardia me miró raro, hizo una llamada y luego me dejó subir.
Piso veinte.
Departamento 2006.
Toqué el timbre.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nadie abrió.
Pero la puerta estaba entreabierta.
La empujé con cuidado.
—¿Camila? Mija, soy yo… tu mamá.
Adentro olía a cloro, medicina y comida fría.
Entonces la vi.
Una foto enorme de mi hija en la sala.
Camila sonreía, pero estaba más delgada, pálida, con una cicatriz en el cuello que yo nunca le había visto.
El retrato tenía un moño negro.
Frente a ella, tres niños coreanos estaban hincados, rezando.
Tres niños con los ojos de mi hija.
Se me doblaron las piernas.
—No… no puede ser.
La niña mayor volteó primero. Me miró como si estuviera viendo un fantasma. Luego gritó algo en coreano.
En ese momento, Min-ho apareció en el pasillo con una bolsa de medicinas en la mano.
Al verme, se puso blanco.
La bolsa cayó al suelo.
—Señora Rosa…
Dijo mi nombre como quien acaba de ser descubierto.
Yo caminé hacia él temblando.
—¿Dónde está mi hija?
Él miró la foto.
Miró a los niños.
Bajó la cabeza.
—Usted no debía venir.
Sentí que me arrancaban la piel.
—¿Qué le hiciste a Camila?
Antes de que respondiera, una puerta al fondo se abrió apenas.
Y desde adentro escuché una voz débil, rota, imposible:
—Mamá…
No pude creer lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
Esa voz no salió de una memoria.
No salió de mi culpa.
Salió de un cuarto cerrado al fondo del departamento.
Corrí hacia la puerta, pero Min-ho me sujetó del brazo.
—No, por favor.
Me solté con una fuerza que no sabía que todavía tenía.
—¡Quítate!
Abrí la puerta de golpe.
Ahí estaba mi hija.
Camila.
No muerta.
No enterrada.
No convertida en recuerdo.
Estaba acostada en una cama baja, junto a una ventana cubierta por cortinas blancas. Tenía la cara hundida, los labios resecos, los brazos llenos de marcas y una pulsera roja en la muñeca.
La misma pulsera que yo le había puesto cuando cumplió quince años.
Me fui de rodillas.
—Mija…
Camila giró la cara con esfuerzo.
Pero no sonrió.
No me abrazó.
No dijo “te extrañé”.
Me miró con terror y susurró:
—No dejes que me duerman otra vez.
Detrás de mí apareció una mujer mayor, coreana, impecable, con el cabello recogido y una charola metálica en las manos. Sobre la charola había gasas, una taza y una jeringa.
La niña mayor gritó:
—Omma!
Mamá.
Camila levantó apenas los dedos.
—Hana…