PARTE 1
“Esa libreta no vale nada. Que se pudra con la vieja.”
La voz áspera de Víctor Salazar cortó el aire denso y húmedo del panteón municipal en Querétaro. Sin el menor atisbo de respeto por el luto, el hombre lanzó 1 vieja libreta de ahorros con cubierta azul directamente sobre el ataúd de madera, justo en el instante previo a que los sepultureros lo bajaran a la fosa.
Bajo la llovizna implacable, nadie dijo nada. Ni los tíos, ni las primas de miradas esquivas, ni siquiera el sacerdote que acababa de rezar el último responso. Todos clavaron la mirada en ese pequeño cuadernito manchado de lodo como si fuera simple basura. Como si no representara el último y único legado que doña Guadalupe, la abuela Lupita, había dejado en este mundo.
Mariana observaba la escena en un silencio sepulcral. Tenía 27 años, llevaba 1 vestido negro que le habían prestado y las manos tan frías que apenas sentía la punta de los dedos. Víctor, su padre, se ajustó los guantes oscuros y le dedicó la misma sonrisa condescendiente que usaba cuando ella tenía 5 años, justo antes de decirle que llorar por cualquier cosa era “hacer drama”.
—Ahí tienes tu gran herencia, Mariana —se burló el patriarca frente a todos—. 1 libreta vieja y mugrosa. Ni casa, ni terrenos, ni dinero de verdad. Tu abuela siempre fue buena para hacerse la víctima misteriosa.
A su lado, Patricia, la madrastra, soltó 1 risita cruel que apenas intentó disimular tras sus enormes lentes de diseñador.
—Pobrecita —murmuró Patricia con veneno—. Todavía cree que la señora le dejó 1 tesoro.
Diego, el medio hermano, se acercó por la espalda y le susurró al oído con aliento a cigarro:
—Si esa porquería trae 50 pesos, invitas los tacos de barbacoa saliendo de aquí.
Algunos primos soltaron carcajadas ahogadas. Mariana no se inmutó. Su mirada se desvió hacia el licenciado Arriaga, el histórico notario de la familia, quien aguardaba con el rostro pálido bajo la carpa negra. Él había leído el testamento apenas 20 minutos atrás, revelando 1 sola y extraña cláusula: “A mi nieta Mariana Salazar le dejo mi libreta de ahorro y absolutamente todos los derechos vinculados a ella”.
A Víctor no le tocó nada. Ni 1 peso. Por eso ardía en furia.
La abuela Lupita había criado a Mariana desde que Lidia, su madre biológica, falleció en 1 trágico accidente automovilístico. Fue la anciana quien le enseñó a revisar los recibos de la luz de la CFE, a no firmar contratos sin leerlos, y a mirar de frente a quienes intentaban pisotearla. 1 semana antes de fallecer en una cama del IMSS, doña Lupita le apretó la mano y le susurró 1 instrucción: “Cuando se burlen en el entierro, déjalos. Luego toma la libreta y ve directo al banco”.
Mirando el objeto azul sobre el ataúd, Mariana dio 1 paso firme hacia el borde de la fosa. Víctor la agarró bruscamente del brazo, encajándole los dedos.
—Ni se te ocurra hacer el ridículo frente a toda la familia.
Mariana levantó el rostro y lo miró a los ojos.
—Tú ya lo hiciste por mí. Suéltame.
Bajó con cuidado, hundiendo los tacones en el lodo resbaladizo, y recogió la libreta. Olía a tierra y a humedad. La limpió y la apretó contra su pecho.
—Era de ella —sentenció la joven—. Ahora es mía.
Víctor se acercó tanto que ella pudo oler el tequila en su aliento.
—Tu abuela fue una inútil que no pudo salvar ni su propia casa. ¿De verdad crees que te salvó a ti?
Algo en el interior de Mariana se encendió como 1 llamarada. Guardó la libreta en su bolsa y caminó hacia la salida del panteón. Diego intentó cerrarle el paso preguntando a dónde iba, pero ella solo miró la calle mojada y respondió: “Al banco”.
Todos se rieron a sus espaldas, pero el notario Arriaga no esbozó ni 1 sonrisa. La observó alejarse con auténtico terror.
1 hora después, Mariana entró empapada a la sucursal del Banco del Bajío en el centro de la ciudad. La cajera, 1 mujer de lentes llamada Maribel, abrió la libreta, tecleó su nombre completo en el sistema y su rostro se quedó completamente blanco.
Con la mano temblando de forma incontrolable, la empleada levantó el teléfono.
—Llama a la policía de inmediato —le susurró al supervisor—. Y bloqueen la puerta principal. La señorita no puede irse por ningún motivo.
Mariana sintió que el piso de mármol desaparecía bajo sus pies. Nadie en esa sucursal podía imaginar la magnitud de lo que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
Mariana observó cómo el guardia de seguridad de la sucursal cerraba los gruesos seguros de las puertas de cristal. El corazón le latía con tanta fuerza que le zumbaban los oídos.
—¿Por qué llamó a la policía? —preguntó, aferrándose al borde del mostrador—. ¿Hay algún problema? ¿Hice algo malo?
Maribel abandonó la ventanilla rápidamente y bajó la voz al máximo.
—No, señorita Mariana. Usted no ha hecho absolutamente nada malo. Pero esta cuenta tiene instrucciones legales de máxima seguridad desde hace muchos años.