Dejó Su Anillo Sobre La Mesa Tras La Quemadura, Pero Diego Halló Algo Peor-dynana

Dejó Su Anillo Sobre La Mesa Tras La Quemadura, Pero Diego Halló Algo Peor-dynana

Cuando Sofía entró al departamento con dos policías detrás de ella, Diego ya había regresado con Susana.

Las cajas que Sofía cargaba no eran para llevarse sus cosas.

Eran para sacar las de él.

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Diego tardó unos segundos en entenderlo, y durante ese tiempo siguió sentado en el sillón con la misma seguridad con la que aquella mañana le había exigido la tarjeta bancaria.

Susana estaba a su lado, revisando el teléfono, y sobre la mesa había varias bolsas vacías que aparentemente había llevado pensando en todo lo que Sofía terminaría entregándole.

—¿Qué significa esto? —preguntó Diego al ponerse de pie.

Sofía dejó la primera caja junto a la puerta.

La venda cubría parte de su mejilla izquierda y del cuello, pero su voz salió firme.

—Significa que vas a recoger tus cosas.

Diego soltó una risa corta y miró a los policías como si esperara que ellos también consideraran absurda la escena.

—Ella es mi esposa. Esta es mi casa.

Uno de los agentes miró a Sofía antes de responder.

—La señora nos mostró la documentación del inmueble y el informe de la atención médica de esta mañana. Estamos aquí para evitar que haya otro enfrentamiento mientras retira sus pertenencias esenciales.

Diego dejó de sonreír.

Sofía caminó hasta la mesa del comedor, se quitó lentamente el anillo de bodas y lo dejó junto a la mancha circular que había quedado de la taza de café.

—También significa que se acabó.

Susana levantó la vista de golpe.

—¿Todo esto por una taza de café?

Sofía la miró.

Por primera vez no sintió la necesidad de explicarle nada.

Diego intentó acercarse, pero uno de los policías se movió entre ambos.

Entonces él cambió de estrategia.

—Sofía, estás alterada. Te lastimaste, fuiste al hospital y ahora quieres destruir nuestro matrimonio por un accidente.

Ella metió la mano en su bolsa y tocó la copia doblada del informe médico.

No necesitaba convencerlo.

Solo necesitaba recordar por qué había vuelto.

—Tú mismo dijiste que me fuera si no te obedecía —contestó—. Decidí que quien se va eres tú.

Diego miró hacia la recámara, después hacia el pasillo y finalmente hacia Susana.

Su enojo comenzó a convertirse en otra cosa.

Miedo.

Sofía todavía no sabía por qué.

Pero lo descubriría antes de que terminara de llenar la segunda caja.

Diego caminó hacia la recámara diciendo que iba por ropa, acompañado a distancia por uno de los agentes, mientras Susana comenzó a protestar desde el sillón.

—No puedes dejarlo en la calle. Está casado contigo.

Sofía abrió un clóset del pasillo para sacar una maleta que Diego había guardado ahí meses atrás.

—Puede quedarse contigo.

—Mi departamento es muy pequeño.

Sofía casi sonrió ante la rapidez con la que la supuesta obligación familiar desapareció en cuanto tenía un costo para Susana.

—Entonces tendrá que resolverlo.

Susana se levantó.

—Tú siempre has querido humillarnos porque ganas más.

Sofía cerró el clóset.

—No. Lo único que hice fue dejar de pagar lo que ustedes decidían comprar con mi dinero.

La discusión atrajo a Diego de regreso al pasillo.

Traía varias camisas sobre un brazo y el rostro tenso.

—Cállate, Susana.

Ella se quedó inmóvil.

Era la primera vez que Sofía escuchaba a Diego hablarle así a su hermana.

—¿Ahora me vas a gritar a mí? —preguntó Susana.

Diego no respondió.

Entró de nuevo a la recámara y comenzó a abrir cajones con movimientos cada vez más rápidos.

Sofía observó algo que aquella mañana habría pasado por alto.

No estaba empacando como alguien preocupado por quedarse sin casa.

Estaba buscando algo.

Abrió el buró.

Después el cajón donde guardaban cables y cargadores.

Luego levantó una pequeña caja de madera que Sofía usaba para recibos antiguos.

—¿Qué estás buscando? —preguntó ella.

—Mis documentos.

—Tus documentos están en el escritorio.

Diego se detuvo.

Solo fue un segundo.

Pero Sofía lo vio.

Uno de los policías también.

—Entonces voy por ellos —dijo Diego.

Caminó hacia el estudio y Sofía lo siguió, manteniendo varios pasos de distancia.

El escritorio era de ella desde antes del matrimonio, y todavía conservaba en el cajón inferior carpetas con escrituras, estados de cuenta antiguos, contratos de trabajo y recibos relacionados con la compra del departamento.

Diego se agachó frente a ese cajón.

—Ahí no están tus papeles —dijo Sofía.

Él ya tenía la mano sobre la manija.

—También tengo cosas aquí.

—No.

Diego volteó hacia ella.

Aquella palabra volvió a quedar entre ambos, igual que durante el desayuno.

Solo que ahora no había una taza en su mano y Sofía no estaba sola.

—Abre el cajón —pidió ella.

—Sofía, no empieces.

—Ábrelo.

El policía que permanecía cerca observó a Diego sin intervenir.

Diego jaló el cajón.

Encima de las carpetas había un sobre que Sofía no reconoció.

Tenía su nombre escrito con letra impresa.

Diego trató de tomarlo antes que ella.

Sofía fue más rápida.

—Eso es mío.

—Dámelo.

La urgencia en su voz hizo que Susana apareciera en la puerta.

—Diego, vámonos —dijo ella.

Sofía miró a ambos.

Luego abrió el sobre.

Dentro había copias de varios documentos personales de Sofía: una identificación, comprobantes de domicilio y hojas bancarias que ella recordaba haber guardado en carpetas distintas.

También había formularios incompletos con espacios destinados a datos financieros.

Sofía sintió que el ardor de la mejilla parecía regresar con toda su fuerza.

—¿Por qué tienes copias de mis documentos?

Diego extendió la mano.

—Son cosas del seguro.

Sofía trabajaba administrando procesos y documentos desde hacía años.

Sabía reconocer cuando alguien respondía sin contestar.

—¿De qué seguro?

Diego apretó la mandíbula.

Susana retrocedió un paso.

Eso fue suficiente para que Sofía dirigiera la siguiente pregunta hacia ella.

—¿Tú sabes qué es esto?

—No me metas.

—Viniste a mi casa para llevarte mi tarjeta. Ya estás metida.

Susana miró a su hermano.