Parte 2 :
La fecha decía lunes. El lunes de la semana siguiente.
Cuatro días.
En cuatro días iban a llevarse a mi hijo a ese lugar, y hasta abajo del papel estaba mi firma dándoles permiso.
Me quedé parada en el pasillo con la hoja temblándome en la mano, y una sola cosa clara en la cabeza: Tomás estaba dormido en casa de mi hermana, y por encima de mi cadáver lo iban a mover de ahí.
No me acuerdo bien de cómo salí. Me acuerdo del portón. De que la encargada me seguía con la carpeta, diciéndome cosas que yo ya no oía.
Le arranqué el expediente de las manos.
Ella lo soltó, y antes de que yo diera la vuelta me dijo una cosa, casi con pena:
—Señora… su esposo venía todos los sábados. Se quedaba horas. Hasta le midió la cama al niño.
Le midió la cama.
No contesté. Me subí al coche con el fólder apretado contra el pecho y arranqué de regreso al pueblo con las manos heladas.
Iba a matar a Carlos. Así, tal cual. Iba a llegar a la casa de mi suegra, donde él andaba, y le iba a gritar hasta quedarme sin voz.
Lo que no sabía es que en la primera hoja de ese fólder había algo escrito con la letra de él. Y que esa letra me iba a desarmar antes de llegar siquiera a la carretera.
Me orillé como a los diez minutos. No podía manejar y ver borroso al mismo tiempo.
Abrí el fólder sobre el volante.
La primera hoja no era del banco. No era de la residencia. Era una libreta chica, de esas de raya, y estaba escrita a mano. La letra fea de Carlos, esa letra de receta médica que yo llevaba veinte años descifrando.
Arriba, subrayado dos veces, decía:
“Para quien cuide a Tomás cuando nosotros ya no podamos.”
La cerré de golpe.
No sé por qué. Me dio miedo. Como cuando algo no cuadra y el cuerpo lo entiende antes que la cabeza.
“Cuando nosotros ya no podamos.”
Yo lo leí como todas lo leeríamos: cuando estemos viejos, cuando nos muramos de grandes, un día lejano. La aventé al asiento del copiloto y seguí manejando.
Faltaban cuatro días para el lunes.
Me faltaban como dos horas para entender que la fecha del lunes no tenía nada que ver con una boda.
Y me faltaba todavía más para atreverme a leer esa libreta completa. No pude. No pude hasta después del entierro.
Pero a eso llego. Aguántenme.
Llegué a casa de doña Rosalba hecha una fiera. Carlos no estaba. Estaba ella sola, en la cocina, con el mandil puesto, picando algo, como si nada.
Le puse el fólder en la mesa.
—¿Qué es San Rafael? —le dije—. Y no me diga que una boda, porque ya fui.
Se le cayó el cuchillo.
Yo esperaba que me gritara. Que me corriera, como siempre. Que me dijera muerta de hambre.
No hizo nada de eso.
Se sentó. Se quitó los lentes. Y esta mujer, la que doce años se refirió a mi hijo como “el castigo de Dios”, la que hacía como que Tomás no existía en las fiestas… esta mujer se tapó la cara con las dos manos y empezó a llorar en silencio.
—Ay, hija —me dijo—. Carlos no te lo dijo.
—¿Que me robaron? Sí me lo dijo.
—No. Eso no.
Y ahí, en esa cocina que olía a caldo, doña Rosalba me contó la primera parte de la verdad. La que me tumbó el coraje de un solo golpe.
San Rafael no era un asilo cualquiera. No era un lugar para deshacerse de nadie.
Era la única casa de cuidados especiales de todo el estado que servía de verdad. Con terapias, con enfermeras que sabían, con un cuarto propio para cada quien. La lista de espera era de seis años. Seis años. La gente anotaba a sus hijos discapacitados de bebés y se moría esperando el lugar.
Los ocho meses de retiros de la cuenta de Tomás —cantidades iguales, el mismo día de cada mes, eso que a mí no me cuadraba— eran para apartar el lugar. Se pagaba desde que se desocupaba un espacio, o se perdía.
Alguien había estado peleando, mes con mes, en secreto, por conseguirle a mi hijo el mejor lugar que existía para cuando ya no lo pudiéramos cuidar.
Me quedé sentada con la boca seca.
¿Quién planea así el futuro de un niño al que dicen que odian?
Doña Rosalba se levantó, fue al trastero y sacó de un cajón un sobre viejo. Adentro había fotos. De Tomás. En el patio de San Rafael. Riéndose con una enfermera. Comiéndose una paleta.
Fotos que ella había tomado, a escondidas, los domingos que se lo llevaba “a pasear”.
—Yo no sabía cómo quererlo —me dijo, sin mirarme—. Doce años sin saber. Y me pusieron a aprender de rápido, hija. A la mala.
No supe qué contestarle. La mujer que yo tenía catalogada de bruja llevaba meses guardando fotos de mi hijo como una abuela cualquiera.
—Doña Rosalba —le dije, y ya casi no me salía la voz—. ¿Dónde está Carlos?
Ella me miró. Y en esa mirada estaba todo lo que me faltaba por saber.
—En el IMSS, mija. Otra vez.
Manejé a la casa. La nuestra. La que había dejado tres semanas antes con dos maletas y a Tomás de la mano.
Me metí a esperarlo. Y mientras esperaba, la casa empezó a hablarme.
Porque hay cosas que uno ve y no ve. Que registra pero acomoda mal.
Los últimos meses, Carlos había bajado de peso. Yo pensé que era el gimnasio, que a los cuarenta a los hombres les da por eso. Se cansaba. Dormía mal. Ya no quería que yo lo acompañara a sus “chequeos”; me decía que eran rápidos, que para qué me desvelaba si yo trabajaba de noche.
Se había ido metiendo para dentro. Callado. Lejano.
Me acordé de una noche, como en febrero. Yo llegué del turno a las seis de la mañana, muerta. Él estaba despierto en la cocina, a oscuras, con un té. Me agarró la mano cuando pasé y me la apretó fuerte, sin decir nada. Yo pensé “qué le pasa a este a esta hora” y me solté para irme a dormir. Le solté la mano.
Ahora sé qué le pasaba. Acababan de decirle que se le había movido.
Y yo le solté la mano para irme a dormir.
Abrí el cajón de su buró buscando no sé qué. Encontré un frasco de pastillas que yo había visto y que él me dijo que eran para la gastritis. Leí el nombre despacio. No eran para la gastritis. Y atrás, dobladas en cuatro, tres citas de oncología del IMSS, con fechas de los meses en que yo lo creía en el trabajo.
Las tuve meses enfrente. Nunca las vi. Una no ve lo que ya decidió no querer.
Y yo… voy a ser honesta, porque si no, esto no sirve de nada.
Yo ya lo había dejado de querer.
En mi cabeza, esos meses, Carlos era el marido flojo, el hijo de mami, el cobarde que nunca me defendió a mí ni a Tomás. Lo veía llegar y sentía fastidio. Empecé a dormir de espaldas. Un par de veces pensé que a lo mejor había otra, y —Dios me perdone— hasta sentí alivio, porque eso me daba la salida.
Cuando me dijeron lo del dinero, yo por dentro casi lo agradecí. Ya tenía la razón perfecta para irme. Para dejarlo con la conciencia limpia.
Me pasé tres semanas afilando el coraje como quien afila un cuchillo. Juntando pruebas. Ensayando el día en que le reventara la vida enfrente de todos.
Y todo ese tiempo, el hombre al que yo estaba enterrando en vida se estaba muriendo de verdad.
Nomás que a mí no me había avisado.
Llegó como a las nueve de la noche.
Traía la cara de quien no ha comido. Me vio sentada en la sala con el fólder abierto en la mesa y no se hizo el sorprendido. Cerró la puerta despacio.
—Ya fuiste —dijo. No era pregunta.
—Ya fui.
Nos quedamos callados un rato largo. Yo tenía cincuenta reclamos ensayados y no me salió ninguno.
Le salió a él primero.
—Perdón por lo de la boda —dijo—. Fue lo único que se me ocurrió para que no preguntaras a dónde iba el dinero.
—¿Por qué, Carlos? —le dije—. ¿Por qué a escondidas? ¿Por qué con la firma de Tomás? ¿Por qué me hiciste firmar a mí?
Se sentó enfrente. Puso las manos sobre la mesa. Le temblaban.