Los años pasaron mucho más rápido de lo que imaginé. Cada mañana me levantaba antes del amanecer para preparar …

Los años pasaron mucho más rápido de lo que imaginé. Cada mañana me levantaba antes del amanecer para preparar …
Parte 2
Los años pasaron mucho más rápido de lo que imaginé.
Cada mañana me levantaba antes del amanecer para preparar el desayuno, dejar a Sofía en la escuela y salir a trabajar acomodando mercancía en un pequeño supermercado. No ganaba mucho, pero aprendí a ahorrar cada moneda porque sabía que algún día ella necesitaría estudiar y yo quería estar preparado para ese momento.
Hubo personas que intentaron convencerla de abandonar su sueño.
Le decían que estudiar medicina era demasiado difícil, que costaba mucho dinero y que alguien como yo nunca podría ayudarla a llegar tan lejos. Cada vez que Sofía regresaba triste, nos sentábamos en la cocina con una taza de chocolate. Yo no siempre encontraba las palabras correctas, pero repetía una frase que había aprendido de mi padre.
—No importa cuántas veces te digan que no puedes. Lo único que importa es que tú nunca dejes de intentarlo.
Ella sonreía y volvía a abrir sus libros.
Cuando llegó el examen de admisión a la universidad, estaba más nervioso que ella. Esperé durante horas sentado afuera del edificio con un pequeño sándwich preparado por mí. Al verla salir, corrí a abrazarla antes incluso de preguntarle cómo le había ido.
Semanas después llegó la carta.
Sofía abrió el sobre con las manos temblando.
Leyó la primera línea.
Después comenzó a llorar.
Pensé que no lo había conseguido.
Pero levantó la vista, me abrazó con todas sus fuerzas y solo pudo decir entre lágrimas:
—Papá… soy estudiante de Medicina.
Aquel día comprendí que todos los sacrificios habían valido la pena.
Los años de universidad no fueron sencillos. Hubo noches enteras en las que estudiaba hasta quedarse dormida sobre los apuntes, mientras yo permanecía despierto preparándole café o esperando para llevarla a casa después de sus prácticas. Nunca entendí los nombres complicados de las enfermedades, pero sí entendía cuándo necesitaba un abrazo o simplemente escuchar que confiaba en ella.
El día de la graduación llegué con mi mejor traje.
Era el mismo que había usado años atrás en su ceremonia de primaria.
Lo había mandado ajustar porque ya no me quedaba igual.
Me senté en la última fila, convencido de que nadie notaría mi presencia.
No imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir.
¿Qué pasó después…?