Parte 3 :
—Porque San Rafael pide la firma de los dos papás —dijo—. Y porque si te lo pedía de frente, ibas a decir que no.
—¡Claro que iba a decir que no! ¡Es mi hijo! ¡Yo no voy a encerrar a mi hijo!
—Ya sé —dijo—. Ya sé que no. Por eso no te pregunté.
Y ahí, en la voz baja, sin gritos, me lo dijo. La verdad de abajo. La que dolía.
—Tengo un tumor, Sofía. En el páncreas. Me lo encontraron en enero. Ya se movió.
El reloj de la pared. Las caricaturas que Tomás había dejado en la tele apagada. Un plato mío sin lavar en el fregadero.
Me acuerdo de todo eso y no me acuerdo de lo que sentí. Se me borró.
—Me dan unos meses —siguió—. Con suerte llego a la primavera.
Yo le quise decir algo y no me salió la voz. Se me quedó atorada como una espina.
Él siguió, porque ya que había empezado no podía parar.
—Hice cuentas, Sofía. Tú sola no vas a poder con Tomás para siempre. Te estás matando en el call center y tienes cuarenta. Cuando yo no esté y a ti se te acabe el cuerpo, ¿a dónde va Tomás? ¿A un lugar del gobierno, tirado, sin que nadie sepa que le da miedo el ruido del microondas?
Se le quebró la voz en “microondas”. Una tontería. Se le quebró en una tontería.
—Conseguí San Rafael —dijo—. Me tardé un año. Metí lo del ahorro porque no había de dónde más. Le dije a mi mamá que me ayudara a que Tomás se fuera acostumbrando, para que el día que le toque no llegue a un lugar extraño. Y dejé que me odiaras un rato… con tal de dejarle un lugar en el mundo.
Levanté la cara.
—Los paseos —dije—. Los domingos. Tu mamá.
—Lo llevaba a San Rafael —dijo Carlos—. A que conociera el patio. A que las enfermeras aprendieran su nombre.
La mujer que llamó a mi hijo castigo de Dios se lo estaba llevando en secreto a que lo quisieran antes de tiempo. Porque su hijo, moribundo, se lo pidió.
No sé cuánto lloramos. Los dos. En esa mesa, con el fólder abierto entre los dos como una herida.
Yo tenía en la garganta las tres semanas de odio. Las noches de espaldas. El alivio que sentí cuando creí que me había robado. Todo eso lo tenía que soltar en algún lado y no había dónde.
—¿Por qué no me dijiste? —le reclamé—. Aunque fuera lo de la enfermedad. Yo hubiera estado contigo.
—Por eso mismo —dijo—. Si te decía que me estaba muriendo, ibas a querer gastarte hasta el último peso en doctores, en tratamientos, en milagros. Y luego yo me iba a morir igual, y Tomás se iba a quedar sin dinero y sin lugar. —Se limpió la cara con la manga—. No me alcanzaba para las dos cosas, Sofía. Tenía que escoger entre pelear por mí… o dejarle algo seguro a él. Y escogí a Tomás.
Me quedé viéndolo. A ese hombre flaco, cansado, que yo había reducido a “el cobarde” en mi cabeza.
Todo este tiempo había estado cargando tres cosas solo: que se moría, que su mujer lo veía con asco, y que su hijo iba a quedar a la deriva. Solo. Sin contárselo a nadie más que a su mamá.
Y encima se había puesto de villano a propósito. Para que no me diera cuenta.
—Te odié —le dije, porque no supe decir otra cosa.
—Ya sé —dijo—. Estaba bien que me odiaras. Así te iba a doler menos cuando me fuera.
Esa noche no fui con el abogado.
Al otro día, temprano, manejé a casa de mi hermana. Tomás estaba desayunando cereal con la tele puesta. Se levantó y me abrazó por atrás, como hace siempre, y me dijo “ma” arrastrando la a como si cantara.
Le eché su ropa en la maleta.
—¿A dónde? —me preguntó mi hermana.
—A la casa —le dije—. Con su papá.
Y lo llevé de vuelta.
No fue heroico. No hubo música. Fue nada más una señora deshaciendo dos maletas que había hecho con tanto coraje tres semanas antes, colgando otra vez las camisas de un hombre que ya no iba a alcanzar a gastarlas.
Esa noche, la primera de vuelta, acosté a Tomás en su cama y le canté, como siempre. Y cuando salí, Carlos estaba parado en el pasillo, recargado en la pared, oyendo desde afuera. No entró para no interrumpir.
Me di cuenta de que llevaba meses sin cantarle a Tomás con él en la casa. Que le había quitado eso sin saber que se lo quitaba.
Nos quedaban semanas. Y yo me había gastado tres en darle la espalda.
Carlos aguantó hasta abril.
No les voy a contar esa parte. Hay cosas que una se guarda.
Solo diré que Tomás estuvo con él hasta el final, que le cantaba, y que Carlos se iba durmiendo con eso.
Después del entierro, cuando la casa se quedó de ese silencio que pesa, abrí la libreta.
La completa. La que no había podido leer en el coche.
No era una carta de despedida. Ojalá hubiera sido eso, se llora y se acaba.
Eran instrucciones.
Página tras página, con esa letra que se iba haciendo más chueca conforme avanzaba —porque la fue escribiendo enfermo, se notaba—, Carlos les había apuntado a los de San Rafael cómo querer a nuestro hijo.
Que Tomás le tiene miedo al ruido del microondas.
Que si se pone nervioso, se le pone la mano en la espalda, no se le abraza de frente.
Que come todo menos el jitomate.
Que le dice “ma” a las mujeres que lo cuidan bien, arrastrando la a, y que eso quiere decir que te agarró confianza, que no lo corrijan.
Que hay que dejarle la luz del pasillo prendida.
Páginas y páginas. Un hombre que se estaba muriendo, gastando lo último que le quedaba de fuerza, no en pelearle a la muerte, sino en enseñarle a unos desconocidos a querer a su hijo como lo queríamos nosotros. Para que el día que ni él ni yo estuviéramos, Tomás no llegara a un cuarto frío con gente que no supiera que le da miedo el microondas.
El hombre que yo enterré en vida por cobarde había sido, todo ese tiempo, el más valiente de los dos.
Me senté en el piso de la sala con la libreta en las piernas y le pedí perdón a alguien que ya no me podía oír.
El lugar de San Rafael no lo perdí.
Lo firmé yo. Otra vez. Pero despacio, leyendo cada renglón, con los ojos secos, entendiendo esta vez qué firmaba.
Porque Carlos tenía razón, y esa es la parte que más me cuesta decir: un día yo tampoco voy a poder. Y aceptarlo con los ojos abiertos, en vez de negarlo hasta que sea tarde, fue la cosa más difícil que he hecho como madre.
La libreta la guardo en el cajón del buró, del lado donde dormía él.
No la enmarqué. No la subí a ningún lado.
Cada tanto la abro y le agrego un renglón, cosas nuevas que Tomás va aprendiendo, para que estén ahí el día que yo tampoco pueda.
La última hoja que escribió Carlos ya casi no se entiende. La mano le temblaba mucho. Pero se alcanza a leer una línea:
“Cuando le canten para dormir, que le canten despacio. Se duerme más rápido si oye que lo quieren.”
Los sábados llevo a Tomás un rato a San Rafael. Para que la cama se vaya acostumbrando a él, y él a ella. Igual que hacía su papá.
Le canto despacio antes de venirnos.
Y me quedo el ratito de más que Carlos ya no se puede quedar.
La fecha decía lunes. El lunes de la semana siguiente…