PARTE 1
“Si tu hija no aprende a obedecer, alguien tiene que enseñarle aunque sea con miedo”, fue lo primero que escuchó Santiago Robles cuando abrió la puerta de su casa a las tres de la madrugada.
Había regresado a Puebla tres días antes de lo previsto. La misión militar en la frontera se había cancelado de golpe y él tomó el primer autobús que pudo. Venía con la ropa arrugada, la espalda deshecha y una sola idea clavada en la cabeza: abrazar a Valeria, su hija de siete años.
No había avisado a nadie. Quería sorprenderla.
Pero al entrar, la casa no olía a hogar. Olía a vino, a encierro, a descuido. En la sala había platos sucios, ropa tirada y una bolsa de supermercado abierta sobre la mesa. La puerta principal estaba sin seguro, algo que él le había repetido mil veces a su esposa Mariana que nunca hiciera.
Subió las escaleras con el corazón apretado.
Mariana estaba dormida en la recámara, vestida todavía con la ropa del día anterior, con una copa vacía junto a la cama. Santiago no la despertó de inmediato. Primero fue al cuarto de Valeria.
La cama estaba tendida.
Demasiado tendida.
El conejo de peluche con el que Valeria dormía desde bebé no estaba. Sus chanclas rosas tampoco. Santiago sintió que el cansancio desaparecía de golpe.
Volvió a la recámara y sacudió a Mariana.
—¿Dónde está Valeria?
Mariana abrió los ojos, confundida.
—¿Santiago? ¿Qué haces aquí? No ibas a volver hasta el viernes.
—¿Dónde está mi hija?
Ella se incorporó, se frotó la cara y evitó mirarlo.
—Está con mi mamá.
—¿Con tu mamá? ¿A las tres de la mañana? ¿Desde cuándo?
—Desde el martes. Te mandé un mensaje.
—No me mandaste nada.
Mariana tragó saliva.
—Necesitaba ayuda. Valeria estaba insoportable. No obedecía, contestaba mal, hacía berrinches por todo. Mi mamá sabe corregir niños. Tiene experiencia.
Santiago la miró en silencio. Conocía a su suegra, Doña Elvira Cárdenas. En el pueblo muchos la respetaban porque dirigía una “casa de formación espiritual” para niños difíciles en una propiedad a las afueras de Atlixco. Santiago nunca había confiado en ella. Era de esas mujeres que sonreían con la boca, pero no con los ojos.
—Voy por ella.
—No exageres, Santiago. Está dormida.
Pero él ya iba bajando.
Manejó cuarenta minutos por una carretera oscura, rodeada de cerros y campos de cultivo. El aire olía a tierra mojada. Cuando llegó a la finca de Doña Elvira, vio luces encendidas en la casa principal. Eso fue lo segundo que le pareció mal.
Nadie normal tenía toda la casa iluminada a esa hora.
Elvira abrió antes de que él tocara.
—Mariana me avisó que venías —dijo, con una calma que le heló la sangre.
—Quiero ver a Valeria.
—Está descansando. No conviene despertarla.
Santiago entró sin pedir permiso.
—¿Dónde está?
Elvira apretó los labios.
—En el patio. Está teniendo una reflexión.
Santiago no entendió la palabra hasta que salió por la puerta trasera.
El patio era grande, húmedo, rodeado de árboles. Había cobertizos, rejas, una pila de cubetas y varias marcas oscuras en la tierra. Santiago encendió la linterna de su celular.
—¡Valeria!
Primero escuchó un sollozo.
Luego vio el hoyo.
Era profundo, estrecho, cavado en la tierra. Y adentro, temblando con una pijama empapada, estaba su hija.
—Papá…
Santiago saltó al hoyo y la levantó como si fuera de cristal. Valeria tenía los labios morados, las manos llenas de lodo y los ojos abiertos con un terror que ningún niño debería conocer.
—Ya estoy aquí, mi amor. Ya estoy aquí.
La envolvió con su chamarra.
—¿Cuánto llevas aquí?
—No sé… la abuela dijo que las niñas malas duermen donde duermen las mentirosas.
Santiago sintió una furia tan grande que casi dejó de respirar.
Valeria se aferró a su cuello.
—Papá… no mires el otro hoyo.
Él giró lentamente.
A unos metros había otro hueco cubierto con tablas. Santiago le pidió a su hija que cerrara los ojos. Con una mano apartó una tabla.
El olor le golpeó la cara.
Debajo había huesos pequeños. Ropa podrida. Una pulsera infantil con un nombre escrito en una placa: Sofía Morales.
Santiago tomó fotos con el celular, volvió a cubrir el hoyo y caminó hacia la casa con Valeria en brazos.
Elvira lo esperaba en la cocina, sentada, con una taza de té.
—Haces mucho drama. Solo llevaba una hora.
Santiago la miró como se mira a un enemigo.
—No se mueva. No hable. No intente correr.
La llevó a su camioneta, prendió la calefacción y llamó a su amigo Víctor, comandante de la policía municipal.
—Necesito patrullas, ambulancias y agentes estatales en la finca de Elvira Cárdenas. Hay niños encerrados. Y encontré restos humanos.
Del otro lado hubo silencio.
—Santiago… ¿estás seguro?
—Mi hija estaba enterrada viva.
Valeria empezó a llorar de nuevo.
—Papá, hay más niños adentro.
Santiago miró la casa iluminada, la sombra de Elvira moviéndose detrás de la ventana, y supo que la pesadilla apenas empezaba.
Porque lo que estaba enterrado en ese patio no era solo un secreto.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…