Una abuela escuchó el miedo de su nieta y decidió investigar; lo que encontró en una tablet y en el botiquín destruyó una familia entera

Una abuela escuchó el miedo de su nieta y decidió investigar; lo que encontró en una tablet y en el botiquín destruyó una familia entera

PARTE 2

En el hospital civil, Sofía fue conectada a suero y oxígeno. Alejandro pasó la noche sentado junto a su cama, con la camisa arrugada y los ojos rojos. Valeria llegó hasta la mañana, maquillada, oliendo a perfume caro, con una bolsa de pan dulce en la mano.

—¿Cómo sigue nuestra niña? —preguntó.

Pero no se acercó a tocarla.

La doctora encargada, una mujer seria llamada Elena Becerra, pidió hablar con Alejandro en privado.

—Señor Rivas, los análisis muestran algo preocupante. La niña no tiene rastros del antibiótico que supuestamente tomó esta semana.

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

—¿Cómo que no tiene rastros?

—Como si nunca se lo hubieran dado. Además, presenta irritación fuerte en garganta, compatible con exposición constante a bebidas muy frías durante una infección.

Alejandro recordó la leche helada, los dulces de menta, el alfiler.

—¿Usted cree que alguien pudo provocarle esto?

La doctora eligió sus palabras.

—No puedo acusar sin pruebas. Pero le recomiendo no dejar a la niña sola con quien haya estado administrando sus medicamentos.

Cuando volvió a la habitación, Sofía abrió los ojos y vio a Valeria. Empezó a llorar.

—Papá, dile que se vaya.

Valeria se puso rígida.

—Está delirando.

Pero Sofía, con voz apenas audible, dijo:

—Ella me dice que soy una carga. Que tú no puedes ser feliz por mi culpa.

Valeria se adelantó.

—¡Alejandro, por favor! Es una niña enferma, no sabe lo que dice.

Él no respondió. Solo tomó la mano de su hija.

Al día siguiente fue a ver a la doctora Claudia Hernández, la pediatra que atendía a Sofía desde que llegó a su vida. Claudia buscó el expediente y le mostró la receta original.

—Le indiqué antibiótico, jarabe, reposo y líquidos calientes. Nada frío. Absolutamente nada frío.

—Valeria dijo que solo era resfriado.

Claudia frunció el ceño.

—No. Era bronquitis. Si no se trata, puede complicarse en neumonía.

Alejandro salió del consultorio con la garganta cerrada. No quería creerlo, pero cada pieza encajaba.

Al volver a casa, pidió ayuda a su madre, doña Teresa, una exdirectora de primaria de setenta años, dura como piedra cuando se trataba de proteger a su familia. Teresa llegó esa tarde para cuidar a Sofía, ya dada de alta pero todavía débil.

La niña, al verla, rompió en llanto.

—Abuelita, mamá Valeria dice cosas feas de mi mamá de verdad.

—¿Qué cosas, mi vida?

Sofía miró hacia la puerta.

—Dice que si mi mamá me hubiera querido, no se habría muerto. Dice que los hijos adoptados son como perritos recogidos de la calle.

A doña Teresa se le endureció la cara.

—¿Tienes pruebas de eso?

Sofía asintió con miedo. Sacó su tablet y abrió una aplicación de grabadora.

La primera grabación hizo que Teresa se quedara helada.

La voz de Valeria sonaba fría, sin la dulzura que fingía frente a Alejandro.

—Tómate la leche y deja de hacerte la víctima. Tu papá no necesita una niña enferma colgada de él todo el día.

En otra grabación, Valeria decía:

—Yo me casé con tu papá, no contigo. Si no existieras, él y yo ya estaríamos pensando en nuestros propios hijos.

La tercera fue peor.

—Acuérdate bien, Sofía: una hija de verdad nace del vientre de una esposa de verdad. Tú solo eres un compromiso que le dejaron.

Doña Teresa apagó la tablet con las manos temblorosas.

Cuando Alejandro escuchó las grabaciones, se quedó sentado en la cocina, pálido.

—¿Cómo pude no verlo?

—Porque esa mujer actuaba para ti —dijo su madre—. Pero con la niña se quitaba la máscara.

Esa noche, Valeria intentó entrar al cuarto de Sofía con un vaso de líquido.

Doña Teresa, que dormía en un sillón junto a la cama, la vio abrir la puerta.

—¿Qué traes ahí?

Valeria dio un brinco.

—Agua con miel. Para la tos.

—Déjala en la cocina. Yo se la doy.

Valeria sonrió, pero sus ojos se llenaron de rabia.

Al día siguiente, doña Teresa revisó el botiquín del baño. Encontró frascos de hierbas, bolsitas con polvos desconocidos y más cajas de dulces de menta. Tomó fotos de todo.

—Necesitamos que se delate sola —dijo Teresa—. Si la enfrentamos ahora, va a negar todo.

Alejandro instaló grabadoras ocultas en la casa y fingió que salía de viaje a Monterrey por dos días. Doña Teresa se llevó a Sofía a su casa, con el pretexto de que necesitaba cambiar de ambiente.

Valeria creyó quedarse sola.

Esa misma noche llamó a una amiga.

—Por fin tengo la casa para mí —dijo riendo—. El marido de viaje y la niña con la suegra. Dos días sin escuchar tos, quejidos ni dramas.

—¿Tan mal te cae la niña?

—No es que me caiga mal. Es que estorba. Alejandro vive para ella. Mientras esa niña exista, yo siempre voy a estar en segundo lugar.

Alejandro, desde un hotel cercano, escuchaba todo en su computadora.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó la amiga.

Valeria bajó la voz.

—Buscar una solución. Hay una señora en un pueblo que ayuda con asuntos familiares difíciles. Me dijeron que sabe cómo hacer que ciertas personas se alejen.

Al día siguiente, Alejandro la siguió en un coche rentado hasta un pueblo a las afueras de Jalisco. Valeria entró a una casa vieja y salió una hora después con un paquetito envuelto en tela negra.

Esa noche, de regreso en casa, llamó otra vez a su amiga.

—La señora me dio un alfiler para ponerlo en la cama de la niña. Dice que así la energía se rompe y la familia se acomoda.

—Valeria, eso suena horrible.

—Horrible es vivir cuidando una hija ajena. Yo no nací para ser niñera de una huérfana.

Alejandro cerró los puños hasta hacerse daño.

Al día siguiente regresó a casa fingiendo normalidad. Sofía volvió con doña Teresa. Valeria preparó leche con miel.

—Yo se la llevo —dijo Alejandro.

Valeria dudó, pero le entregó el vaso.

Más tarde, cuando todos dormían, Alejandro entró al cuarto de Sofía y revisó la cama. Entre las sábanas encontró un alfiler nuevo.

Esta vez ya no había duda.

Esa noche citó a su madre en la sala. Las grabadoras seguían encendidas. Valeria bajó en bata, molesta por la hora.

—¿Qué pasa ahora?

Alejandro puso el alfiler sobre la mesa.

—Pasa que hoy vas a decir la verdad.

Y lo que Valeria estaba a punto de confesar cambiaría para siempre la vida de Sofía…