Pero también hubo perdón.
Hubo tardes en que los tres paseaban juntos por el centro de Guadalajara. Hubo noches en que Alejandro le leía cuentos a Mateo por videollamada. Hubo domingos en el mercado, desayunos de chilaquiles y pequeños momentos cotidianos que, sin aspavientos, reconstruyeron poco a poco lo que una vez se rompió.
Dos años después, Alejandro llevó a Mariana y a Mateo al mirador del Cañón de Huentitán. El sol al atardecer teñía el cielo de naranja intenso y dorado.
Mateo correteaba cerca, persiguiendo burbujas de jabón.
Alejandro tomó la mano de Mariana.
—No quiero pedirte que olvides nada —dijo—. Solo quiero pedirte permiso para caminar contigo de ahora en adelante, sin huir, sin mentiras, sin orgullo.
Mariana lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Sabes cuánto tiempo esperé escuchar eso?
—Lo sé. Y sé que llegué tarde.
Ella apretó su mano.
—Llegaste tarde como esposo… pero llegaste a tiempo para ser el padre que Mateo merece.
Alejandro sonrió con tristeza.
—¿Y para ti?
Mariana sostuvo su mirada durante un largo momento. Luego, sin prisas, apoyó la cabeza en su hombro.
—Para mí… también llegaste a tiempo.
Mateo vino corriendo hacia ellos en ese instante.
—¡Abrazo familiar!
Ambos se agacharon y lo rodearon con sus brazos, riendo y llorando al mismo tiempo.
Un año después, Alejandro y Mariana volvieron a casarse.
Esta vez no hubo gran recepción ni lista de invitados obligatorios. La ceremonia fue íntima, en una pequeña hacienda en las afueras de Guadalajara, rodeada de flores blancas y música suave, con Mateo caminando entre ellos llevando los anillos en una pequeña caja de madera.