El peso aplastante de esas palabras destrozó el alma de Diego. El trauma de aquel primer embarazo perdido, ese luto desgarrador que nunca procesaron por hacerse los fuertes, había empujado a su esposa a soportar una tortura física indescriptible, convencida de que su inmovilidad absoluta era el único escudo para proteger a su hijo.
Sin perder 1 segundo más, Diego tomó su celular y marcó al número de emergencias. Su voz era apenas un hilo irregular cuando dio la dirección exacta en la colonia Roma Norte.
—Mi esposa… tiene 6 meses de embarazo… sus piernas están negras, no puede caminar, por favor, se los ruego, vengan ya… —tartamudeó, ahogándose en lágrimas.
En menos de 15 minutos, el sonido penetrante de las sirenas rasgó la noche lluviosa de la Ciudad de México. Los paramédicos irrumpieron en el pequeño departamento. Al ver el estado crítico de Mariana, sus rostros adoptaron una expresión de extrema gravedad. La subieron a la camilla con maniobras de alta precisión, canalizándole 1 vía intravenosa en el pasillo mismo.
Durante el caótico trayecto en la ambulancia hacia el Hospital Ángeles del Pedregal, la lluvia golpeaba los cristales con furia. Diego iba sentado en 1 rincón, aferrando la mano helada de su esposa. Ella apenas lograba mantener los ojos abiertos.
—Salven a mi hijo… —murmuraba Mariana, delirando por la intensa fiebre que acababa de aparecer—. No me importa lo que me pase a mí. Salven a mi niño.
—No hables así, mi amor —sollozaba Diego, besando sus nudillos, odiándose profundamente por haberle gritado, por haber dudado de su lealtad—. Los 2 van a estar bien. Te lo juro por mi vida entera.
Al cruzar las grandes puertas de urgencias, el caos hospitalario los devoró. Las camillas rodaban a toda velocidad, las luces fluorescentes cegaban y un equipo de 4 enfermeros y 2 médicos se llevaron a Mariana tras unas puertas abatibles blancas donde a Diego se le prohibió estrictamente el paso.
Fueron las 3 horas más largas y aterradoras de su existencia.
Caminaba de un lado a otro en la fría sala de espera. Afuera, la madrugada en la capital era implacable. En su mente, la terrorífica imagen de las piernas necrosadas de Mariana se repetía en un bucle infinito. Sacó de su cartera una pequeña estampa de la Virgen de Guadalupe que su abuela le había regalado cuando cumplió 18 años. Se aferró a ella con tanta fuerza que el borde rígido del cartón le cortó la palma de la mano.
Finalmente, una mujer de bata blanca, la doctora Lucía Torres, apareció por el pasillo sosteniendo un expediente metálico. Su semblante era indescifrable y solemne.
—¿Familiares de Mariana Hernández?
—Soy yo, soy su esposo —Diego saltó como un resorte, acortando la distancia en 2 zancadas—. ¿Cómo están? Por favor, doctora, dígame la verdad.
La doctora soltó un largo suspiro, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz.
—Su esposa acaba de sufrir un cuadro de preeclampsia severa, combinado con una trombosis venosa profunda en ambas extremidades inferiores. La inmovilidad prolongada y la total falta de tratamiento médico casi le cuestan la vida. La fuerte infección estaba a 2 horas de volverse sistémica. Si hubieran esperado hasta el amanecer… tendríamos 2 defunciones en el quirófano.
Diego sintió que el frío suelo de mármol desaparecía bajo sus pies. Se tuvo que apoyar pesadamente en el respaldo de 1 silla de plástico para no colapsar por completo.
—¿Pero… están vivos? —susurró él, con lágrimas gruesas rodando por sus mejillas curtidas por el trabajo.
—Logramos estabilizar su presión arterial y administrarle anticoagulantes que son seguros para el feto. Están fuera de peligro inmediato, pero el estado sigue siendo sumamente delicado —respondió la doctora, suavizando un poco su tono clínico—. Señor Hernández, el miedo paraliza, literal y metafóricamente. El fuerte trauma psicológico de un aborto previo empujó a su mujer a una negación peligrosísima. Ella necesita terapia urgente, pero sobre todo, necesita que usted sea su mayor refugio, no su juez.
El técnico asintió frenéticamente, tragándose el nudo áspero que le cerraba la garganta.
Cuando por fin le permitieron entrar a la zona de cuidados intensivos, el ambiente olía a yodo y desinfectante. Mariana estaba conectada a 3 monitores diferentes, con sondas y múltiples vías en ambos brazos. Al ver entrar a Diego, giró el rostro hacia la pared, sintiéndose profundamente avergonzada.
Él no pronunció 1 sola palabra inicial. Se acercó rápidamente a la cama, apoyó la frente contra el borde del colchón y se echó a llorar como un niño pequeño, desahogando las horribles semanas de frustración, enojo y puro terror.
—Perdóname —le imploró Diego, levantando la vista para acariciar su rostro pálido—. Perdóname por ser tan ciego y estúpido. Por enojarme cuando lo único que necesitabas en este mundo era que te abrazara y te dijera que esta vez todo iba a salir bien.
Mariana deslizó sus dedos débiles por el cabello desordenado de su esposo, llorando con él.
—Yo te oculté mi dolor… Fui una completa tonta. Pensé que mi propio sufrimiento era el castigo necesario para que nuestro bebé viviera.
—El dolor nunca más será un sucio secreto entre nosotros —sentenció Diego, mirándola a los ojos con una firmeza absoluta y compasiva—. Somos 1 equipo. Si tienes miedo, me lo dices de frente. Si algo te duele, lo gritamos juntos. Pero te juro que nunca más volverás a esconderte debajo de una manta para sufrir a solas.
En ese preciso instante, una enfermera joven entró empujando un carrito con un monitor Doppler fetal. Sonrió con amabilidad, levantó un poco la bata del hospital y colocó gel frío sobre el vientre de Mariana, deslizando el transductor con suavidad.
El silencio absoluto llenó la habitación durante 4 segundos interminables que parecieron horas. Y entonces…
Tum. Tum. Tum. Tum.
El rítmico latido del corazón del bebé inundó todo el espacio. Fuerte, muy rápido, lleno de una terquedad maravillosa aferrada a la vida. Era el sonido más hermoso y milagroso que Diego y Mariana habían escuchado en sus 30 años de existencia. Ambos entrelazaron sus manos temblorosas, llorando abiertamente, pero esta vez con una gratitud inmensa que les lavó el alma entera.