Le empujó el hombro.
Caminó a su alrededor.

Se apartó dos pasos.
Volvió.
Como si quisiera asegurarse de que el cuerpo seguía allí.
De que respiraba.
De que todo ese esfuerzo no había sido solo una maniobra vacía contra la nada.
Desde la locomotora ya habían dado aviso por radio.
El conductor descendió en cuanto pudo detenerse con seguridad metros más adelante.
Corrió de vuelta por la vía, jadeando, con el miedo todavía pegado al estómago.
Lo primero que vio fue al perro.
No gruñía.
No mostraba agresividad.
Estaba inclinado sobre el hombre caído, lamiéndole la cara con insistencia.
“Dios mío,” alcanzó a decir el conductor.
Martín emitió un gemido.
Un sonido apenas.
Pero suficiente.
Estaba volviendo.
Abrió los ojos con dificultad.
Todo le daba vueltas.
La boca le sabía a sangre y tierra.
Lo primero que distinguió fue una luz blanca difusa.
Luego el cielo.
Luego la silueta del perro, tan cerca que casi podía sentirle el aliento caliente sobre la cara.
Quiso moverse.
El dolor le atravesó el pecho.
Quiso hablar.
No le salió nada inteligible.
El conductor se agachó.
“Quieto, amigo, quieto. Ya vienen.”
Martín intentó enfocar.
Miró al perro otra vez.
La chaqueta estaba rasgada.
Llenísima de tierra.
Tirada de un lado como si alguien la hubiera estirado con furia.
El perro jadeaba.
No apartaba los ojos de él.
Había una ansiedad absoluta en esa mirada.
No de miedo por sí mismo.
De preocupación.
Martín aún no entendía.
No podía.
Su cerebro estaba demasiado nublado por el colapso, la falta de aire y el susto.
Los paramédicos llegaron en minutos que parecieron una vida.
Oxígeno.
Monitoreo.
Preguntas rápidas.
Dolor torácico.
Posible infarto.
Golpes múltiples.
Uno de ellos preguntó cómo había salido de las vías.
El conductor señaló al perro.
“Él.”
Nadie respondió de inmediato.
Porque la frase sonaba ridícula.
Imposible.
Y, sin embargo, allí estaba la evidencia.
La chaqueta mordida.
Las marcas de arrastre.
La posición del cuerpo.
El estado del animal.
Todo apuntaba a lo mismo.
Mientras cargaban a Martín a la camilla, el perro intentó seguirlos.
No atacando.
No ladrando.
Solo acercándose.
Uno de los paramédicos levantó una mano por reflejo, esperando tensión.
Pero el perro solo quiso alcanzar el borde de la camilla y oler una vez más la mano del hombre.
Luego se detuvo.
Como si acabara de entregar algo que ya no le pertenecía.
Los trabajadores del rescate llamaron a control animal.
No porque el perro hubiera hecho nada malo.
Porque nadie sabía qué más hacer con él.