Así que no había sido únicamente indiferencia.
Mi padre ya estaba pensando en mi posible dinero mientras yo todavía intentaba comprender que mis hijos no volverían.
—Hay algo más —dijo Ruth.
Sacó un sobre.
—Tu padre me llamó hace dos semanas.
—¿Para qué?
—Quería saber quién administra ahora el patrimonio.
Mi estómago se cerró.
—¿Por qué?
—Dijo que necesitaba demostrar que tú no estabas emocionalmente preparada para manejar tanto dinero.
Me quedé inmóvil.
—¿Demostrar ante quién?
Ruth bajó la mirada.
—Un abogado.
A la mañana siguiente llamé al despacho que había manejado el acuerdo.
Mi abogado tardó apenas diez minutos en confirmar mis peores sospechas.
—Claire, ayer recibimos una comunicación legal.
—¿De quién?
—De un abogado que representa a tus padres.
El mundo pareció quedarse en silencio.
—¿Qué quieren?
—Están explorando la posibilidad de solicitar supervisión sobre determinados activos alegando que el duelo podría afectar tu capacidad para administrarlos.
Sentí una calma helada.
Después de perderse el funeral, ahora pretendían utilizar mi dolor contra mí.
—¿Pueden hacerlo?
—Intentarlo, sí.
—¿Y ganar?
El abogado guardó silencio.
—Hay algo que necesitas ver antes de responder.
Esa tarde llegó a mi casa con varios documentos.
El primero contenía declaraciones de mis padres.
El segundo incluía mensajes familiares.
Pero fue el tercero el que me dejó sin respiración.
Era una declaración firmada por Melissa.
Mi propia hermana afirmaba que yo llevaba meses comportándome de manera “inestable” y que temía que desperdiciara el acuerdo.
Seguí leyendo hasta encontrar una frase subrayada.
“Considero que nuestros padres deberían intervenir en la administración del patrimonio de Claire por su propio bienestar.”
Levanté la vista.
—Quieren mi dinero.
Mi abogado negó lentamente.
—Creo que quieren algo más.
Sacó una última hoja.
Era información sobre la fundación que yo acababa de anunciar.
En la parte inferior aparecía una solicitud formal para detener temporalmente una transferencia de fondos.
—¿Quién presentó esto?
Mi abogado señaló la firma.
Mi padre.
Pero junto a su nombre aparecía otro.
Uno que conocía perfectamente.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Eso es imposible.
Era el nombre de un hombre que llevaba seis meses llorando conmigo.
Un hombre al que había confiado decisiones sobre el acuerdo.
Robert Miller.
El padre de Ethan.
Mi suegro.
Miré al abogado.
—¿Por qué está su nombre ahí?
Él cerró lentamente la carpeta.
—Claire, antes de contestarte necesito que sepas algo sobre el acuerdo de 18,7 millones.
Hizo una pausa.
—Tu familia no es la única que lleva meses intentando controlar ese dinero.