PARTE 2: LA LLAVE QUE DESENTERRÓ TODA LA VERDAD

PARTE 2: LA LLAVE QUE DESENTERRÓ TODA LA VERDAD

Elena tomó la copa con una sonrisa tranquila.

La sostuvo unos segundos entre las manos.

—Primero quiero brindar —dijo.

Mauricio sonrió, aliviado.

Octavio levantó discretamente el pulgar hacia Beatriz.

Creían que todo seguía exactamente según el plan.

Elena acercó la copa a los labios.

Inclinó apenas la muñeca.

Y, aprovechando los aplausos de los invitados, dejó que el líquido resbalara lentamente sobre el gran ficus decorativo que estaba junto al ventanal.

Después levantó la copa vacía.

—Deliciosa.

Mauricio respiró con alivio.

—Sabía que te gustaría.

Ella sostuvo su mirada.

—Nunca había probado algo parecido.

Era verdad.

Nunca había probado una traición tan cuidadosamente preparada.


Veinte minutos después, Octavio golpeó suavemente una copa con una cuchara.

—Queridos amigos…

La conversación se apagó.

—Antes de cortar el pastel, Elena quiere compartir con todos una noticia muy importante relacionada con el futuro de esta hermosa casa.

Elena sintió cómo Mauricio apoyaba una mano sobre su espalda.

Empujándola discretamente hacia la mesa principal.

Allí ya esperaba un elegante portafolio de piel.

Octavio lo abrió.

Sacó varios documentos.

—Solo son unos trámites familiares.

Elena observó las hojas.

Cesión de derechos.

Poder general.

Administración de bienes.

Todo preparado.

Todo esperando una firma.

Mauricio le entregó una pluma.

—Solo aquí, amor.

Ella sonrió.

—Claro.

Tomó la pluma.

Pero, en lugar de firmar, levantó lentamente la pequeña llave azul.

—Antes tengo una pregunta.

Los tres Villaseñor palidecieron al mismo tiempo.

Octavio fue el primero en reaccionar.

—¿Dónde encontraste eso?

—En mi propia casa.

El silencio comenzó a extenderse entre los invitados.

Algunos dejaron de conversar.

Otros se acercaron discretamente.

Elena giró la llave entre los dedos.

—¿Qué hay en la Casa de los Laureles?

Nadie respondió.

Mauricio dio un paso adelante.

—No sé de qué hablas.

—Curioso.

Ella sonrió con serenidad.

—Porque hace menos de una hora escuché a tu padre decir que no debía encontrar esta llave.

El rostro de Octavio perdió todo el color.

Beatriz dejó caer lentamente su copa.

Mauricio intentó reír.

—Creo que entendiste mal.

—¿De verdad?

Elena sacó entonces su teléfono.

Lo colocó sobre la mesa.

Pulsó un botón.

Y la voz de Octavio llenó todo el salón.