PARTE 3
La carpeta en la mano de mi mamá hizo que todos se quedaran callados.
Valeria dejó de llorar. Mi papá bajó la mirada. Iván sonrió, como si de pronto tuviera ventaja. Yo no entendía nada.
—¿Qué estás diciendo, Clara? —preguntó mi abuelo.
Mi mamá levantó la barbilla.
—Que si nos dejas en la calle, voy a contar la verdad. Voy a decirle a Diego por qué siempre lo protegiste tanto.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿De qué habla? —pregunté.
Mi abuelo respiró hondo. Por un momento pareció cansado, mucho más viejo que antes.
—Diego merece saber la verdad —dijo al fin—, pero no de la boca de una mujer que usa secretos para justificar crueldades.
Mi mamá se puso pálida.
Mi abuelo me miró.
—Cuando naciste, tus papás estaban endeudados. Tu papá había perdido dinero en apuestas y tu mamá quería vender la casa familiar de tu abuela para pagar lo que debían. Yo me negué. Entonces me pidieron dinero a cambio de prometer que te cuidarían bien, porque tú eras el más pequeño y el más vulnerable.
Mi garganta se cerró.
—¿Dinero?
—Durante años les mandé apoyo para ti —dijo mi abuelo—. Para tus estudios, tu ropa, tus gastos. Pero cada vez que venía, veía que tú usabas zapatos rotos mientras Valeria estrenaba celular. Supe que te quitaban lo que era tuyo, pero pensé que si intervenía demasiado, te harían más daño.
Mi mamá gritó:
—¡No éramos ricos! ¡Hicimos lo que pudimos!
—No —respondió mi abuelo—. Hicieron lo que quisieron. Y esta vez no voy a callarme.
Mi papá se acercó con las manos levantadas.
—Don Ernesto, por favor. Somos familia.