Yo adelgacé. Me dolía la espalda. A veces despertaba con los dedos entumidos por el frío. Pero seguía trabajando, ahorrando peso por peso, intentando juntar para rentar un cuarto. No quería llamar a mi abuelo. Me daba miedo decepcionarlo. Me daba vergüenza admitir que no había sabido defender el regalo más grande que alguien me había dado.
Un sábado, a las seis de la mañana, escuché golpes en la ventana.
Abrí los ojos asustado. El vidrio estaba empañado. Lo limpié con la manga y sentí que el corazón se me detenía.
Mi abuelo estaba parado junto al coche.
No traía su sombrero de siempre. Tenía la cara pálida, los ojos abiertos, como si hubiera visto algo imposible.
—Diego… —susurró—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Abrí la puerta torpemente. Salí con la ropa arrugada, el cabello revuelto y la cara hinchada de dormir mal. Mi abuelo miró hacia el asiento trasero: la cobija, la almohada vieja, las bolsas de comida, la ropa colgada.
—¿Por qué estás durmiendo en el coche? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Y la casa que te di?
No pude responder. Solo bajé la mirada y empecé a llorar.
En ese momento se abrió la puerta principal.
Mi mamá salió en bata, fingiendo sorpresa.
—¡Papá! Qué gusto. No sabíamos que venías.
Mi abuelo no la miró. Seguía mirándome a mí.
—Diego, dime la verdad.
Mi mamá se acercó nerviosa.
—Papá, yo te explico…
—Explícame entonces —dijo él, con una calma que daba miedo—. Explícame por qué mi nieto duerme en un coche frente a la casa que compré para él.
Mi mamá tragó saliva.
—Pues… se la dimos a Valeria.
El silencio fue tan pesado que hasta los pájaros parecieron callarse.
—¿Cómo que se la dieron? —preguntó mi abuelo.
—Valeria tiene familia. Tiene hijos. Diego está solo. No necesitaba una casa tan grande. Además, él aceptó.
Mi abuelo volteó hacia mí.
—¿Aceptaste?
Yo no pude mentir.
—Me presionaron, abuelo. Todos los días. Y luego me dejaron sin el departamento.
La cara de mi abuelo cambió. Primero dolor. Luego incredulidad. Después una furia que jamás le había visto.
Sacó su celular.
—¿Qué haces? —preguntó mi mamá.
—Llamar a la policía.
—¡No puedes hacer eso! ¡Hay niños adentro!
Mi abuelo levantó la voz:
—Los niños no deberían estar viviendo en una casa robada.
Entró a la propiedad sin pedir permiso. Mi mamá intentó detenerlo, pero él la apartó con una sola mirada.
—¡Todos afuera! —gritó—. ¡Esta casa no es suya!
Valeria apareció despeinada, con Iván detrás.
—Abuelo, por favor —dijo mi hermana—. Mis hijos necesitan un hogar.
—Tus hijos necesitan padres que trabajen —respondió él—. No una casa robada a tu hermano.
Mi papá intentó calmarlo.
—Don Ernesto, podemos arreglarlo. Fue un malentendido.
Mi abuelo se volteó hacia él.
—¿Dejar a tu hijo durmiendo en la calle durante meses es un malentendido?
Nadie respondió.
Diez minutos después llegaron dos patrullas.
Mi abuelo mostró las escrituras. Los policías revisaron los documentos, hablaron entre ellos y luego uno dijo:
—La propiedad está legalmente a nombre del señor Ernesto y del joven Diego. Tienen una hora para sacar sus pertenencias esenciales.
Valeria empezó a gritar. Mi mamá lloraba. Iván insultaba por lo bajo. Mis sobrinos estaban asustados.
Yo me quedé en el jardín, temblando, mientras mi abuelo me abrazaba por los hombros.
—Se acabó, hijo —me dijo—. Ya no te van a pisotear.
Pero justo cuando pensé que todo terminaba, mi mamá salió con una carpeta en la mano.
—Si nos sacas —dijo—, todos van a saber lo que hiciste hace años.
Mi abuelo se quedó inmóvil.
Y por primera vez, vi miedo en sus ojos.