# Mis nuevos vecinos arrogantes han convertido mi impecable césped en su aparcamiento… Puede que sea mayor, pero mi venganza ha sido implacable.

# Mis nuevos vecinos arrogantes han convertido mi impecable césped en su aparcamiento… Puede que sea mayor, pero mi venganza ha sido implacable.

Eran diminutos y casi invisibles, especialmente cuando estaban esparcidos por el suelo.

Si los colocaba en la zona donde la camioneta seguía aparcando, aquellos vecinos iban a llevarse una sorpresa.

Esa noche esperé hasta que todo quedó tranquilo y oscuro.

Salí de casa con la lata bajo el brazo.

El aire fresco de la noche rozaba mi piel y el único sonido era el suave movimiento de las hojas.

Con cuidado, esparcí los pequeños objetos por la zona donde la camioneta solía estacionarse.

Parecía perfecto.

Terminé rápidamente y regresé a casa con el corazón acelerado.

Sabía que no era una solución convencional, pero no iba a permitir que destruyeran mi césped sin luchar.

A la mañana siguiente estaba en la cocina, sirviéndome una taza de té, cuando escuché un fuerte silbido procedente de la calle.

Me acerqué a la ventana.

Allí estaba la gran camioneta de los vecinos.

Tenía los cuatro neumáticos completamente desinflados.

No pude evitar sonreír.

Había funcionado.

El hombre estaba junto a la camioneta, mirando las ruedas con una mezcla de confusión y furia.

Pateó uno de los neumáticos y, cuando comprendió lo que había ocurrido, su rostro se llenó de rabia.

Entonces levantó la mirada hacia mi casa.

Me aparté de la ventana.

Poco después, empezó a golpear mi puerta con fuerza.

—¡Lo hiciste tú, vieja bruja! —gritó al abrirse la puerta—. ¡Pagarás por esto!

Mantuve la voz firme, aunque me temblaban ligeramente las manos.