PARTE 2:
Esa noche dormimos en un motel barato cerca de la autopista México-Puebla.
El cuarto olía a humedad, la colcha tenía manchas viejas y la luz del baño parpadeaba como si también estuviera a punto de rendirse. Pero mis hijos estaban secos. Estaban juntos. Y, por unas horas, eso fue suficiente.
Diego se sentó junto a la ventana, vigilando el estacionamiento como si ya fuera el hombre de la casa. Sofía y Valeria acomodaron a los gemelos en una cama. Camila no dejaba de llorar por la fiebre, así que la envolví en una toalla y la arrullé hasta que por fin se quedó dormida.
Cuando todos cerraron los ojos, saqué la carpeta amarilla.
Mis manos temblaban.
Adentro había documentos legales, una memoria USB y una carta escrita a mano. La letra de Andrés se veía débil, torcida, como si cada palabra le hubiera costado respirar.
Mariana:
Si estás leyendo esto, mis papás hicieron exactamente lo que temí.
Nunca te aceptaron, pero no pueden quitarte lo que construimos juntos.
La casa está dentro de un fideicomiso. Tú eres la administradora. Nuestros hijos son los beneficiarios.
No firmes nada. No les creas nada. Victoria tiene todo.
Mi papá lleva años moviendo dinero de la empresa familiar y usando propiedades que ya no le pertenecen.
Perdóname por no habértelo dicho antes. Quise protegerte, pero ahora debes proteger a nuestros hijos.
Me tapé la boca para no despertar a los niños mientras lloraba.
A la mañana siguiente, mi celular empezó a vibrar sin parar.
Doña Graciela había subido una foto a Facebook desde la sala principal de la casa. Estaba rodeada de flores blancas, con una vela junto al retrato de Andrés.
El texto decía:
“La familia siempre encuentra la forma de mantenerse unida, aunque algunos quieran destruirla desde adentro.”
Los comentarios eran un veneno disfrazado de condolencias.
“Ánimo, señora Graciela.”
“Qué triste cuando una nuera solo piensa en dinero.”
“Dios pone a cada quien en su lugar.”
Sentí náuseas.
Pero lo peor llegó al mediodía.