Ahí terminó algo que no se podía reparar con disculpas.
La investigación duró meses. Al principio, Graciela trató de convencer a todos de que solo quería “ayudar” a su hijo. Dijo que Alejandro estaba desesperado, que yo era orgullosa, que nuestra casa era demasiado para nosotros, que venderla hubiera sido lo mejor.
Luego cambió la historia.
Dijo que Ernesto la había manipulado.
Después dijo que Víctor entendió mal.
Pero los mensajes contaban otra versión.
Alejandro había perdido 1 millón 600 mil pesos en una inversión inmobiliaria de Ernesto Luján. No era dinero suyo. Graciela se lo había prestado usando sus ahorros y parte de un crédito que sacó sobre una propiedad familiar en Tlaquepaque.
Cuando la inversión fracasó, Ernesto ofreció “resolverlo” comprando nuestra casa por debajo de su valor real. Ya tenía a un comprador listo.
Nuestra casa valía casi 5 millones 800 mil pesos.
La oferta privada era de 4 millones 450 mil.
La diferencia se iría en comisiones, pagos a Graciela, honorarios de Ernesto y una supuesta liquidación de deudas de Alejandro.
Yo me enteraría al final, cuando la presión fuera tanta que aceptar pareciera la salida más rápida.
Solo necesitaban mis documentos originales.
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Y si algunas joyas desaparecían, el robo parecería real.
Eso fue lo que más me dolió.
No la casa.
No el dinero.
Las joyas.
En mi joyero estaba la medalla de oro que mi papá le regaló a Camila cuando nació. También los aretes de mi mamá, que había usado el día de mi boda. Y un reloj sencillo, de correa gastada, que mi padre llevaba puesto cuando me enseñó a manejar.
Graciela quería convertir esos recuerdos en utilería para su mentira.