—Siéntate —le dije.
Mi voz salió tan fría que él obedeció antes de pensar.
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Paulina se paró junto a mí.
—No vas a hablar con él. Ya hablaste demasiado.
Graciela empezó a temblar, pero no de miedo por mí. Era miedo a ser descubierta.
Víctor caminó frente a la cámara. Probó la manija, se agachó y sacó algo de la mochila.
Un minuto después, dos patrullas se estacionaron afuera.
Uno de los policías rodeó la casa. El otro tocó el timbre.
Abrí con las manos firmes, aunque por dentro tenía un huracán mordiéndome las costillas.
Le entregué el número de reporte del día anterior, el video de la plaza, las fotos, las capturas de los correos y la imagen de la cámara del patio.
Víctor no fue esposado en ese instante como en las películas. Los oficiales hicieron preguntas, revisaron su mochila y lo separaron de nosotros para tomar declaración.
Pero encontraron en su bolsillo una llave de mi casa.
La misma que Graciela le había dado.
En la mochila llevaba guantes, un sobre vacío, una pequeña barra metálica, formularios de compraventa sin llenar y una copia impresa de nuestro horario familiar.
Cuando el policía leyó la hoja, Camila bajó las escaleras.
Yo no quería que viera nada.
Pero ella ya había visto demasiado desde el día anterior.
—¿Ese señor venía por nosotros? —preguntó.
Alejandro intentó acercarse.
—No, hija. No era así.
Camila lo miró con una tristeza que le quedó grande para la edad.
—¿Sabías que venía?
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Alejandro no pudo sostenerle la mirada.
—Sabía que podía pasar por unos papeles.
—¿Papeles de mamá?
Silencio.
—¿Y por mi pasaporte?
Ese silencio fue la respuesta.
Camila retrocedió un paso y se pegó a mí.