Solo Graciela, Alejandro y yo conocíamos el código de la alarma.
El hombre tomó la llave. Graciela le entregó también una hoja doblada.
Él preguntó algo que no alcancé a escuchar.
Entonces ella respondió con una calma que me heló por dentro:
—Mañana en la mañana. Mariana sale a las 7:30 para la oficina y la niña entra a la escuela a las 8. La casa queda sola.
Camila se tapó la boca.
Yo le puse una mano sobre el hombro para que no hiciera ruido.
El hombre preguntó:
—¿Y Alejandro?
—Mi hijo sale antes de las 7. No se mete en esto. Tú entras, buscas en el estudio y te vas.
Sentí un zumbido en los oídos.
El estudio.
Ahí guardábamos escrituras, pasaportes, papeles del seguro, estados de cuenta y una carpeta azul con documentos de la casa.
Luego escuché la frase que partió mi vida en dos.
—Llévate la carpeta azul, los pasaportes y el joyero del clóset. Que parezca robo normal. No toques pantallas ni computadoras. Si tengo los originales, Mariana no va a poder detener la venta.
¿Venta?
Alejandro y yo jamás habíamos hablado de vender la casa.
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Esa casa estaba a nombre de los dos. Mi papá, antes de morir, me había ayudado con parte del enganche. Era el único lugar donde Camila se sentía segura después de que cambiamos de colonia.
Pero mi suegra hablaba de ella como si ya la hubiera entregado.
Quise salir. Quise gritarle. Quise arrancarle la llave de la mano y preguntarle cómo se atrevía.
No lo hice.
Saqué mi celular, abrí la cámara y grabé.
Veintinueve segundos.
La voz de Graciela. El rostro del hombre. La llave brillando entre sus dedos.
También tomé dos fotos cuando él guardó el papel en su chamarra.
Después jalé suavemente a Camila hacia la salida de una tienda departamental.
—No vamos a decir nada todavía —le dije en el estacionamiento.
—¿Ni a papá?
Me quedé callada un segundo de más.