PARTE 1
“Abuela, mi mamá y mi papá no fueron a Monterrey por trabajo… fueron a ver cómo quitarte tu casa y tu dinero.”
Doña Teresa se quedó con la cobija suspendida en las manos. La recámara de Lucía estaba iluminada apenas por una lamparita en forma de luna, y la niña, de 9 años, la miraba con una seriedad que no le pertenecía a una criatura.
“¿Qué dijiste, mi vida?”
Lucía apretó contra el pecho su conejo de peluche.
“Anoche bajé por agua. Los escuché en el despacho. Papá dijo que tú ya estabas grande para manejar tanto dinero. Mamá dijo que un licenciado en Monterrey podía ayudarlos a tomar el control antes de que fuera tarde.”
Teresa sintió que el piso se le movía. No gritó. No lloró. Solo acomodó la cobija sobre su nieta y le acarició el cabello.
“Seguro entendiste mal, cielo. Los adultos a veces hablan cosas complicadas.”
Pero mientras sonreía, cada pieza empezó a caer en su lugar con un sonido seco dentro de su cabeza.
Mariana, su única hija, había visitado más en los últimos meses. No por cariño, ahora lo entendía, sino para revisar cajones, preguntar por escrituras, sugerirle “descansar” en una residencia elegante en Cuernavaca. Rodrigo, su yerno, había insistido en “ordenarle” los papeles de impuestos. Incluso le había pedido una copia de su credencial, según él, para actualizar el seguro médico.
Teresa tenía 68 años, no 100. Había llevado las cuentas de su casa durante 40 años junto a su esposo Arturo, un empresario prudente que le dejó una fortuna limpia, una casa enorme en la colonia Del Valle y una colección de plata antigua que valía más de lo que Mariana imaginaba.
Aun así, Teresa había vivido con modestia. Pagó la boda de Mariana en San Miguel de Allende, la entrada de su residencia en Lomas Verdes, la colegiatura bilingüe de Lucía, los “préstamos urgentes” de Rodrigo, las vacaciones que nunca la invitaban a disfrutar.
Todo por no perder a su hija.
Cuando Lucía se durmió, Teresa bajó a la cocina. Se preparó un té que no bebió. Sus manos temblaban, pero su mente estaba fría, afilada, despierta.