Entonces una cláusula me heló la sangre: si el bebé no era suyo, tendría que devolverle “todos los gastos matrimoniales”.
Me reí.
Una risa seca y quebrada.
“¿Gastos matrimoniales? ¿También me vas a cobrar por los años que lavé tu ropa?”
Paola desvió la mirada.
Diego apretó la mandíbula.
“Fírmalo, Laura. No lo hagas más vergonzoso”.
“Lo vergonzoso fue que te fueras con tu amante en lugar de acompañarme a una cita”.
No firmé.
Esa noche dormí con una silla apoyada contra la puerta.
Ni siquiera sabía por qué.
Quizás porque cuando una mujer ha sido humillada lo suficiente, cualquier sonido empieza a parecer peligroso.
Al día siguiente fui sola a la ecografía.
Llevaba un vestido suelto.
Me cepillé el pelo.
Me puse pintalabios, aunque me temblaban los labios.
No por Diego.
Por mí.
Por el bebé que no había hecho nada malo.
La clínica olía a alcohol, talco y miedo.
La doctora Salinas me saludó con dulzura.
—¿Viene acompañada?
Negué con la cabeza.
—Mi marido dice que este bebé no es suyo.
La doctora no me juzgó.
No puso mala cara.
Simplemente me pidió que me tumbara.
El gel estaba frío.
La pantalla se iluminó.
Contuve la respiración.
Primero, vi una sombra.
Luego, un pequeño punto que se movía.
Luego, un latido.
Fuerte.
Rápido.
Vivo.
Me tapé la boca y lloré.
—Hola, mi amor —susurré.
La doctora Salinas sonrió con ternura.
Luego movió el transductor de nuevo.
Su sonrisa se desvaneció.
Frunció el ceño.
Aumentó la imagen.