PARTE 2: “No me voy sin la tía Lucía”, dijo Santiago, retrocediendo como si yo fuera a meterlo a la fuerza en la camioneta.
Ese niño de cinco años hablaba como alguien que ya había aprendido que confiar podía doler.
Emiliano tosió.
Primero fue una tos seca.
Luego se dobló un poco y se cubrió la boca con la mano.
Cuando apartó los dedos, vi una manchita roja.
Sangre.
Sentí que el mundo se me apagaba.
“Vamos al hospital ahora mismo”, ordené.
Santiago se puso delante de su hermano.
“No. Ella dijo que si nos movíamos, ya no nos encontraría.”
Me agaché para quedar a su altura.
“Voy a dejar a dos personas aquí. También una nota. Pero si tu hermano está enfermo y no lo revisan, puede ponerse peor.”
Mateo, sin decir nada, tomó la mano de Emiliano.
“Puedes sentarte conmigo. Tengo más galletas.”
Emiliano miró a Santiago.
Santiago me miró a mí.
Por fin asintió.
Pero no tomó mi mano.
Tomó la de Mateo.
Y ese gesto me rompió por dentro.
En el hospital privado donde mi apellido abría todas las puertas, los médicos atendieron a Emiliano de inmediato. Desnutrición. Bronquitis fuerte. Golpes viejos. Cicatrices pequeñas que ningún niño debería tener.
Mientras los revisaban, llamé a Marisol, mi abogada, y al doctor Herrera, un genetista de confianza.
“Necesito pruebas de ADN urgentes”, dije.
Marisol llegó una hora después, pálida.
“Alejandro, esto es delicadísimo. Si son tus hijos, hubo fraude médico, falsificación de documentos y sustracción de menores.”
“Encuentra todo.”
Esa noche llevé a Santiago y Emiliano a mi casa en Las Lomas.
La mansión que Valeria había decorado antes de morir.
Los niños se quedaron parados en la entrada, sin tocar nada, como si el mármol pudiera castigarlos.
Cuando la cocinera les sirvió sopa, comieron despacio al principio. Luego no pudieron contenerse.
Santiago seguía partiendo todo a la mitad.