PARTE 2: La camioneta quedó con las luces encendidas, apuntándonos como si fuéramos delincuentes atrapados.
Valeria bajó despacio, impecable, con tacones, lentes oscuros y esa seguridad arrogante que durante meses confundí con elegancia. Detrás de ella venían dos hombres de traje, cada uno con un portafolio.
Mariana abrazó más fuerte a los bebés.
Yo me puse frente a ella.
“Vete, Valeria”, dije, tratando de no gritar. “Ya sé todo. Las fotos falsas, las cuentas, el collar, el hospital. Todo.”
Valeria sonrió.
“Qué dramático te ves, Luis. ¿De verdad creíste que un investigador de pueblo iba a ganarme?”
Uno de los abogados abrió el portafolio y sacó una carpeta gruesa. Valeria la recibió como si estuviera presentando un trofeo.
“Llegaste tarde”, dijo. “Como siempre.”
Me mostró la primera hoja.
Contrato de gestación subrogada y cesión de derechos parentales.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
“¿Qué es eso?”
Mariana cerró los ojos, como si ya supiera que ese momento iba a llegar.
Valeria se acercó un paso.
“¿Recuerdas cuando Mariana fue a la clínica por sus estudios de anemia? Pobrecita, firmó muchas hojas en una tableta. Consentimientos, análisis, autorizaciones. Ni leyó. Nadie lee.”