—No lo es. Tenemos la bitácora de acceso, la hora de modificación y el usuario.
Verónica miró a Andrés.
Por primera vez en 11 semanas, la mujer que parecía controlarlo todo se quedó sin guion.
—Yo solo quería ayudar.
—No —dijo Andrés, muy despacio—. Ayudar era decir la verdad.
Ella empezó a llorar, pero sus lágrimas ya no parecían de dolor. Parecían de derrota.
—Tú no entiendes lo que fue verte con ella todos estos años. Ver cómo la mirabas, cómo la cuidabas, cómo la elegías siempre.
Yo estuve ahí antes, Andrés. Yo te conocí primero. Yo te quise primero.
Andrés sintió náuseas.
—Eres su hermana.
—Lo sé —susurró Verónica—. Lo sé. Me odié por eso. Pero cuando dijeron que estaba enferma, pensé… pensé que quizá algún día tú necesitarías a alguien.
Que si yo estaba cerca, si te sostenía, tal vez…
—¿Tal vez qué? —preguntó Renata, fría.
Verónica apretó las manos.
—Tal vez él me vería.
La frase cayó en la oficina como vidrio roto.
Andrés se levantó.
—Durante 11 semanas hiciste que mi esposa planeara su propia muerte para esperar tu turno.
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—Durante 11 semanas hiciste que mi esposa planeara su propia muerte para esperar tu turno.
Verónica intentó acercarse.
—Andrés, yo nunca quise que muriera. Solo quería tiempo.
—Le robaste tiempo. A ella. A mí. A todos.
Rodrigo ya había llamado al área legal y a seguridad.
Habló de investigación interna, denuncia por falsificación documental, responsabilidad profesional y posible delito.
Verónica dejó de llorar cuando entendió que aquello ya no era una escena familiar, sino un expediente.
Andrés salió sin mirarla.
Mariana estaba despierta cuando entró a la habitación.
La luz de la mañana entraba por las persianas en líneas doradas.
Él se sentó a su lado y le contó todo.
No suavizó nada. Le habló de las enfermeras, de la cirugía inexistente, de Renata, del diagnóstico real y de Verónica.
Mariana escuchó sin llorar al principio. Luego se cubrió la boca con la mano