Lo que comenzó como una visita más dentro de un programa de acompañamiento a pacientes terminales terminó convirtiéndose en una historia sobre la amistad inesperada, la dignidad frente a la enfermedad y un último gesto que solo se revelaría después de la muerte.
Una voluntaria y un paciente distinto a los demás
Tres veces por semana, colaboraba como voluntaria en un programa de apoyo a personas en cuidados paliativos. La mayoría de los pacientes pedía cosas sencillas: una comida caliente, sábanas limpias, algo de compañía en silencio. Carl, en cambio, pedía algo diferente.
Carl tenía 40 años y vivía solo en una casa pequeña donde los libros parecían multiplicarse en cada rincón. Estaba delgado por los tratamientos, pero su mirada seguía siendo aguda. En mi primera visita, antes de que pudiera quitarme el abrigo, señaló un tablero de Scrabble sobre la mesa.
—¿Sabes jugar? —preguntó.
—Sí.
—¿Haces trampa?
—Solo cuando es necesario.
Me observó unos segundos y sonrió apenas. “Quizás nos llevemos bien”, dijo. Y así fue.
La rutina que se transformó en amistad
Con el paso de las semanas, las visitas dejaron de sentirse como una obligación del voluntariado. Le llevaba sopa, lavaba los platos, preparaba té. Muy pronto, Carl recordaba con exactitud lo que me gustaba: el tipo de infusión que prefería, las palabras con las que solía abrir cada partida, incluso las historias que le había contado semanas atrás.
Al principio pensé que era un hombre extraordinariamente observador. Después comprendí algo distinto: no solo observaba, estaba memorizando cada detalle, como si quisiera llevarse consigo un archivo completo de esa amistad.