Le quedaban 3 meses al hijo del magnate… y la empleada a la que echaron terminó dándole una parte de su vida

Le quedaban 3 meses al hijo del magnate… y la empleada a la que echaron terminó dándole una parte de su vida

—Claro. Ahora se hace la heroína para que mi hermano la mantenga de por vida.

Marisol pidió que sacaran una carpeta de su bolsa. Dentro estaba la renuncia notariada a cualquier beneficio. También había una carta dirigida a Eduardo.

“Si algo me pasa, no le diga a Santiago que tuve miedo. Dígale que tuve la suerte de poder elegir. Su madre le dio la vida y yo solo quiero ayudar a que esa vida continúe”.

El pasillo quedó en silencio.

Doña Teresa leyó la carta y, en vez de disculparse, murmuró que aquello era una locura. Santiago, que escuchaba desde su camilla, levantó una mano débil.

—Abuela, ella sí es mi familia.

Nadie pudo responder.

Eduardo se acercó a Marisol. Tenía los ojos rojos y la voz rota.

—Te eché de tu casa. Te traté como si fueras reemplazable. Y aun así estás aquí.

—No era mi casa —dijo ella—. Mi casa era donde estuviera Santiago.

Cuando las puertas del quirófano se cerraron, Eduardo se derrumbó en una silla. Por primera vez desde la muerte de Valeria, lloró sin esconderse. Lloró por su hijo, por Marisol y por haber confundido los apellidos con la familia.

La intervención duró 11 horas.

Los cirujanos retiraron la parte del hígado afectada de Santiago y trasplantaron un segmento sano del hígado de Marisol. El órgano comenzó a funcionar antes de lo esperado, pero las siguientes 72 horas serían decisivas.

Marisol despertó primero. Estaba pálida, adolorida y apenas podía hablar.

—¿El niño?

Eduardo tomó su mano.

—Está vivo. El injerto funciona.

Ella cerró los ojos y dejó escapar una lágrima. No preguntó por su salario, su cuarto ni su futuro. Solo quiso saber si Santiago seguía respirando.

El niño despertó 2 días después. Lo primero que pidió fue agua. Lo segundo fue ver a “mamá 2”.

Los médicos permitieron que acercaran sus camas durante unos minutos. Santiago tenía tubos en los brazos y Marisol no podía incorporarse, pero ambos extendieron las manos hasta tocarse.

—¿Ya voy a vivir? —preguntó él.

—Ahora sí tienes una oportunidad de verdad —respondió Marisol—. Pero vas a tener que echarle muchas ganas, ¿eh?

Santiago sonrió.

—Neta que sí.