PARTE 1
Cuando los médicos dijeron que a Santiago Alcázar le quedaban apenas 3 meses de vida, su padre ofreció dinero, aviones y contactos. Eduardo Alcázar, dueño de una cadena de constructoras en Jalisco, podía abrir casi cualquier puerta, pero no podía comprar un hígado compatible para su hijo de 6 años.
El niño padecía un cáncer hepático raro. La quimioterapia había frenado el tumor por unas semanas, pero después volvió con más fuerza. El trasplante era su única posibilidad, y la lista de espera avanzaba demasiado lento.
Desde que Valeria, la madre de Santiago, murió durante el parto, la enorme casa de Zapopan se había convertido en un lugar impecable, silencioso y frío. Eduardo trabajaba hasta la madrugada para no pensar en la pérdida. Quien realmente había criado al niño era Marisol Hernández, la trabajadora doméstica que llegó cuando Santiago tenía 4 meses.
Marisol le preparaba atole cuando no quería comer, dormía sentada junto a su cama durante las fiebres y conocía cada miedo que el pequeño escondía. A los 3 años, Santiago empezó a llamarla “mamá 2”. Ella nunca se lo pidió, pero tampoco tuvo corazón para corregirlo.
La cercanía incomodaba a Doña Teresa, madre de Eduardo, y a Claudia, su hermana. Ambas repetían que Marisol estaba olvidando “su lugar”. Cuando el niño enfermó, las críticas se volvieron veneno.
—Esa mujer se está aprovechando de tu desesperación —le dijo Claudia a Eduardo—. Al rato va a querer quedarse con la casa.
Eduardo no lo creyó, pero estaba agotado, asustado y lleno de culpa. La tensión explotó durante la fiesta anticipada de cumpleaños de Santiago, organizada porque nadie sabía si alcanzaría a cumplir 7.
Con una corona de papel y el cuerpo demasiado débil para levantarse, el niño tomó la mano de Marisol.
—Mamá 2, ¿sí voy a vivir?
Marisol sintió que el pecho se le partía. No le mintió.
—Voy a hacer todo lo que pueda para que estés aquí muchos cumpleaños más.