—¿Justo? —Mariana levantó la hoja—. Aquí dice que yo acepto ceder la casa, retirar la denuncia por adulterio y hacerme responsable de una deuda de 1,350,000 pesos.
Los invitados empezaron a murmurar.
Una prima de Diego soltó un “no manches” bajito.
Doña Elvira dio un paso al frente.
—Esa deuda es de familia. Si fuiste esposa para disfrutar, también sé esposa para pagar.
Mariana soltó una risa seca.
Disfrutar.
Eso decía la mujer que vivía sin pagar renta, que usaba su tarjeta para comprar cremas carísimas y que todavía la llamaba inútil frente a todos.
—¿Y quién falsificó mi firma?
Diego golpeó la mesa.
—¡Ya basta! No vas a arruinar el bautizo emocional de mi hijo.
—Todavía ni nace, güey —murmuró un primo.
Fernanda se tocó la panza con exageración.
—No me alteren. El doctor dijo que el bebé siente todo.
Mariana la miró fijamente.
Algo no cuadraba.
Fernanda usaba tacones altísimos, se sentaba de golpe, comía chile sin problema y su panza parecía igual desde hacía 3 meses. Ni más grande, ni más baja, ni más natural.
Pero Mariana no iba a acusar sin pruebas.
Había aprendido a no pelear con gritos.
Ahora peleaba con documentos.
Sacó su celular y marcó.
—Licenciado Ramírez, puede pasar.
La puerta principal se abrió.
Entró un abogado de traje gris acompañado de una mujer con carpeta negra y una tablet. Detrás de ellos venía un notario público.
Diego se puso pálido.
—¿Qué es esto?
—La razón por la que no firmé nada —respondió Mariana—. Porque desde hace 2 semanas sabía que estaban intentando quitarme la casa.
Doña Elvira frunció la cara.
—Mentira. Te estás haciendo la víctima.
El abogado conectó la tablet a la pantalla de la sala.
Primero apareció un estado de cuenta.
Luego otro.
Y otro.
Transferencias a casas de apuestas, préstamos rápidos, retiros en efectivo, hoteles de paso, joyerías y pagos a nombre de Fernanda.
—El señor Diego acumuló deudas por 1,350,000 pesos usando documentos alterados de la señora Mariana —explicó el abogado—. También intentó incluirla como responsable solidaria sin su consentimiento.
Los invitados se quedaron helados.
Una tía se santiguó.
Diego empezó a sudar.
—Eso no prueba nada. Mariana siempre controló el dinero.
—Sí —dijo ella—. Por eso descubrí todo.
Entonces apareció en pantalla un video de la cámara del estudio.
Diego estaba entrando de madrugada, abriendo un cajón y sacando documentos de Mariana: acta de matrimonio, copia de INE, escrituras, comprobantes bancarios.
Doña Elvira lo acompañaba.
—Agárrale la firma de la credencial —se escuchó decir a la suegra—. Al cabo esa mensa confía en ti.
El silencio fue brutal.
Fernanda bajó la mirada.
Mariana no parpadeó.
—¿Mensa? —dijo despacio—. Esa mensa pagó su operación de rodilla, doña Elvira. Esa mensa liquidó 7 meses de hipoteca cuando su hijo dijo que no tenía ni para gasolina. Esa mensa le compró hasta el vestido que trae puesto hoy.
Doña Elvira abrió la boca, pero no salió nada.
Diego intentó tomar la carpeta.
El abogado se la quitó.
—No toque pruebas.
Fernanda se levantó.
—Yo no tengo nada que ver con sus problemas. Yo solo quiero proteger a mi bebé.
Mariana volteó hacia ella.
—Qué curioso que menciones al bebé.
La mujer de la carpeta negra dio un paso adelante.
—Soy investigadora privada. La señora Mariana me contrató después de recibir mensajes anónimos sobre la supuesta gestación de la señorita Fernanda.
Fernanda palideció.
Diego la miró confundido.
—¿Qué mensajes?
La pantalla cambió.
Aparecieron fotografías de Fernanda entrando a una tienda de artículos teatrales en el Centro Histórico. Luego una factura: “prótesis abdominal de silicón, 7 meses”.
Un grito recorrió la sala.
—¡Eso es falso! —chilló Fernanda.
La investigadora mostró otro video.
Fernanda estaba en una cafetería de la Roma, sin panza, fumando y riéndose con un hombre tatuado.
“Diego se lo tragó completito”, decía ella. “Su mamá está loca por un nieto. Cuando la esposa firme, vendemos la casa y me largo con mi parte.”
Diego se quedó sin aire.
Doña Elvira se agarró del respaldo de una silla.
—No… mi nieto…