PARTE 1
El golpe no fue fuerte como un trueno, pero sí bastó para congelar a todos en la mansión Alvarado.
Una niña de 3 años cayó del banquito del piano y su cuerpecito pegó contra el mármol blanco de la sala principal.
No lloró de inmediato.
Solo se quedó mirando sus manos pequeñas, como si no entendiera por qué tocar una tecla podía ser pecado.
Nora llevaba un vestidito amarillo sencillo, calcetas dobladas y un moño mal puesto que su mamá le había acomodado antes de empezar a limpiar la casa.
Frente a ella estaba Celeste Miranda, la prometida de Nicolás Alvarado, heredero de una constructora enorme en Ciudad de México.
Celeste traía tacones finísimos, traje color crema y un anillo enorme que brillaba más que su vergüenza.
—Te dije que te bajaras —soltó con una calma horrible—. Ese piano no es para niñas de sirvientas.
Desde el pasillo, Marisol Cruz dejó caer la cubeta.
—¡Nora!
Corrió con el uniforme húmedo, las manos aún oliendo a cloro, y se arrodilló junto a su hija.
La abrazó como si quisiera volver a meterla dentro de su pecho.
—Mi niña, mi amor, ¿dónde te duele?
Nora apretó los labios. Miró a su mamá. Luego miró a Celeste.
Y después miró al hombre que acababa de entrar por la puerta principal.
Nicolás Alvarado venía de cancelar una junta en Polanco. Todavía traía el saco puesto y las llaves del coche en la mano.
Esperaba encontrar a Celeste organizando el desayuno de compromiso.
No a una niña tirada en el piso.
No a su prometida mirándola como basura.
Las llaves se le cayeron.
Celeste reaccionó rápido, como quien ya tiene la mentira ensayada.
—Nicolás, qué bueno que llegaste. Tu empleada volvió a meter a su hija donde no debía. La niña estaba tocando el piano de tu mamá con las manos sucias. Solo la bajé.
—La empujaste —murmuró Marisol, sin levantar la cara.
—Ay, por favor. No hagas drama.
Nicolás no contestó.
Estaba mirando a Nora.
Sus ojos eran gris verdosos, raros, casi plateados en el centro.
Los mismos ojos que él veía cada mañana en el espejo.
Se acercó despacio.
—¿Está lastimada?
Marisol abrazó más fuerte a su hija.
—No sé. Se pegó en el codo y la cadera. La voy a llevar al hospital.
Celeste soltó una risita seca.
—Neta, Nicolás, si permites este show, mañana toda la servidumbre va a hacer lo que quiera.
Nicolás levantó la mirada.
—Cállate.
La palabra cayó como una cachetada.
Nora, todavía confundida, señaló a Nicolás con su dedito.
—Mamá… ¿por qué ese señor tiene mis ojos?
Marisol se quedó helada.
Nicolás sintió que el aire se le iba.
Celeste perdió el color, pero intentó sonreír.
—Qué ocurrencia tan ridícula.
Nora miró otra vez a Celeste. Sus ojos bajaron hasta el anillo que brillaba en su mano.
Entonces dijo algo que dejó la sala sin respiración:
—Mamá… esa señora trae tu anillo.
Celeste escondió la mano detrás de la espalda.
Pero ya era demasiado tarde.
Nicolás extendió la palma, con la voz fría como hielo.
—Quítatelo.
PARTE 2
Celeste retrocedió un paso.
Por primera vez desde que había entrado a la vida de Nicolás, parecía asustada.
—No me hables así —dijo, apretando los dientes—. Ese anillo me lo diste tú.
Nicolás no quitó la mano.
—Yo te di un anillo hace 6 meses. Pero nunca me dejaste ver el grabado interior. Dijiste que quitártelo daba mala suerte.
Marisol cerró los ojos.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Por dentro dice “N y M. 19-09”.
Nicolás se quedó inmóvil.
Ese número le atravesó la memoria como un cuchillo.
19 de septiembre.
El día en que llevó a Marisol al kiosco de Coyoacán bajo la lluvia.
El día en que ella se rió porque ningún restaurante quiso dejarlos entrar empapados, y terminaron comiendo elotes en la banqueta.
El día en que él, siendo joven y terco, le prometió que algún día la sacaría de la pobreza sin quitarle su dignidad.
Celeste levantó la barbilla.
—M también puede ser Miranda. No seas ingenuo, Nicolás.
Marisol la miró por fin.
—Tú sabes que no.
Nicolás bajó los ojos hacia Nora, que empezaba a llorar muy bajito, como si tuviera miedo de hacer ruido en una casa que nunca la había querido.
Entonces tomó el celular.
—Voy a pedir un médico.
—La llevo yo —dijo Marisol.
—Yo voy con ustedes.
—No —respondió ella, con una firmeza que lo desarmó—. Hoy no vas a decidir por nosotras.
Esa frase le pegó peor que cualquier insulto.
Media hora después, Nora estaba en una camilla pequeña del Hospital Español.
Tenía un moretón en el codo, otro en la cadera y mucho sueño.
El doctor habló de observación, estudios y cuidado por posibles mareos.
Marisol escuchaba con el rostro pálido, sujetando la mano de su hija como si alguien pudiera arrebatársela otra vez.
Nicolás permanecía junto a la puerta, inútil con todo su dinero.
Cuando el médico salió, Marisol habló sin mirarlo.
—Yo intenté decírtelo.
Nicolás tragó saliva.
—¿Cuándo?
—Hace casi 4 años. Fui a tu oficina en Reforma. Estaba embarazada de 2 meses. Tu asistente me dejó esperando 3 horas. Luego salió Celeste.
Nicolás giró lentamente hacia ella.
—¿Celeste?
Marisol asintió.
—Me entregó un sobre con dinero y una carta supuestamente firmada por ti. Decía que lo nuestro había sido un error, que no querías escándalos, y que si hablaba, iban a acusar a mi papá del robo en tu casa.
Nicolás sintió náuseas.
El papá de Marisol, don José Cruz, había trabajado años como chofer de la familia Alvarado.
Una noche desapareció un reloj antiguo de la madre de Nicolás.
Don José fue señalado, despedido y humillado.
Nunca se probó nada, pero tampoco limpiaron su nombre.
Murió meses después vendiendo jugos cerca del Mercado de Jamaica, con la tristeza atorada en los huesos.
—Yo te busqué —dijo Nicolás, con la voz rota—. Me dijeron que te habías ido con otro hombre a Puebla.
Marisol soltó una risa amarga.
—A mí me dijeron que tú ibas a casarte con Celeste porque yo solo había sido un capricho.
Los dos se miraron como si acabaran de descubrir que habían vivido dentro de una mentira fabricada por otros.
Entonces Nora se movió.
Abrió los ojos apenas.
—Mamá…
Marisol se inclinó rápido.
—Aquí estoy, mi vida.
La niña miró a Nicolás desde la camilla.
—Señor espejo… ¿mi mamá está triste por mí?
A Nicolás se le quebró el alma.
Se acercó despacio, sin tocarla.
—No, Nora. Tu mamá está triste porque te ama mucho.