PARTE 1
El patio del colegio privado en la Ciudad de México estaba lleno del bullicio típico de una kermés de mayo. Había puestos de elotes con mayonesa y chile, vitroleros sudados llenos de aguas frescas de jamaica y horchata, y un enjambre de madres tomando fotografías con sus teléfonos para presumir en las redes sociales la felicidad perfecta de sus familias. En medio de ese escenario festivo, Laura, una madre de 34 años que siempre evitaba los conflictos, sintió que la cara le ardía de pura vergüenza.
Su hija Camila, de apenas 8 años, acababa de cometer lo que parecía una indiscreción imperdonable. La maestra Lupita sonrió con una incomodidad evidente, y varias madres de familia que estaban cerca giraron la cabeza, con los ojos muy abiertos.
“Camila, por favor, eso no se dice”, susurró Laura, apretando el brazo de su hija.
Pero Camila, con la terquedad que solo otorga la inocencia absoluta, no bajó la mirada. Su pequeño dedo índice apuntaba directamente hacia Sofi, una compañerita de clase extremadamente delgada, que llevaba un suéter escolar con manchas resecas en el cuello y unos zapatos que pedían a gritos ser reemplazados. Sofi estaba parada junto al puesto de la tómbola, abrazando una mochila vieja contra su pecho como si fuera un escudo protector contra el mundo. Nadie jugaba con ella. Nadie le ofrecía un dulce.
“Mamá, no huele a sucio”, insistió Camila con voz clara y firme. “Huele a cuando se muere la comida”.
Laura quiso que la tierra se abriera y se la tragara allí mismo entre los banderines de colores. Le exigió a su hija que se disculpara de inmediato. Sin embargo, Camila tragó saliva, plantó bien sus pies con las rodillas raspadas en el cemento del patio, y se negó.
“Porque si me disculpo, van a pensar que inventé. En el salón todos dicen que Sofi apesta. Pero no huele como cuando alguien no se baña. Huele como el refrigerador de la abuela cuando se fue la luz por 3 días y se echó a perder la carne”.
Las risas de las mamás del grupito cercano se apagaron de golpe. La sonrisa de la maestra Lupita desapareció, dando paso a una palidez enfermiza. Laura soltó el brazo de su hija y, por primera vez en todo el ciclo escolar, miró a Sofi con verdadera atención. El cabello de la niña no solo estaba despeinado; estaba pegado en mechones extraños, tiesos. Y debajo de la manga corta de la blusa escolar, cuando la pequeña movió el brazo para aferrarse aún más a su mochila, Laura alcanzó a distinguir una mancha morada, profunda y terrible.
Camila le confesó a su madre que el olor había comenzado desde el lunes. Ya era viernes. El golpe de culpa atravesó el pecho de Laura; su hija se lo había advertido, le había dicho que Sofi actuaba raro, pero ella, absorbida por las juntas de trabajo, el tráfico de la ciudad y los pagos, le había respondido que “no fuera intensa”.
Laura se agachó a la altura de Sofi y le preguntó con dulzura si le dolía algo. La niña negó con la cabeza, muda, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la mochila. La maestra intervino, nerviosa, asegurando que ya habían hablado con la señora que la recogía, ya que su madre estaba ausente. En ese instante de tensión, Sofi comenzó a temblar. No era por el clima; bajo el sol plomizo de la capital, la niña tiritaba como si estuviera descalza sobre hielo.
De pronto, desde la reja verde de la entrada, una voz áspera cortó el aire: “¡Sofía!”.
La niña se encogió, haciéndose minúscula. Una mujer con lentes oscuros, uñas pintadas de un rojo descascarado y una expresión dura se acercaba a zancadas. No caminaba como una madre buscando a su hija; caminaba como un dueño reclamando una propiedad. Ordenó a la niña que caminara, pero Camila se interpuso, formando una barrera humana.
La mujer agarró a Sofi del brazo con violencia, arrancándole un gemido ahogado. Camila reaccionó de inmediato, metió la mano en la mochila de su compañera y sacó una bolsa de plástico cerrada con cinta industrial. Dentro, había una blusa de mujer adulta, tiesa, manchada de un rojo ennegrecido, desprendiendo un olor agrio y dulzón que le revolvió el estómago a todos los presentes.
“¡Mi mamá no se fue!”, susurró Sofi, con los ojos llenos de un terror abismal.
Camila miró a su madre, pálida, y sentenció con una voz que no parecía de una niña de 8 años: “Mamá… creo que Sofi sabe dónde está enterrada”.
Nadie en ese patio podía imaginar la atrocidad que estaba a punto de desatarse
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