Una sonrisa débil, pero genuina, apareció en sus labios.

“¿Sabes por qué siempre dije que todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias? Porque la Virgen me mostró que la mayoría de las personas desperdician el don único que recibieron, intentando ser como los demás, en lugar de ser plenamente aquello para lo que Dios las llamó”.
El silencio que siguió fue profundo, interrumpido únicamente por el zumbido de las máquinas médicas y los sonidos lejanos del hospital despertando para un nuevo día.
La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las rendijas de las cortinas, tiñendo la habitación de tonos rosados.
“Ella me dijo algo más, mamá”.
Carlo continuó, mientras su voz empezaba a debilitarse.
“Dijo que mi muerte no sería un final, sino un comienzo. Que a través de mi historia, millones de jóvenes alrededor del mundo redescubrirían la belleza de la fe. Que me convertiría en un influencer de Dios. Ella utilizó exactamente esas palabras. ¿Puedes creerlo?”.
Él soltó una pequeña risa, un sonido que partió el corazón de Antonieta.
“La Virgen comprende nuestro tiempo y nuestro lenguaje”.
Antonieta permanecía paralizada, dividida entre el asombro, el dolor y una extraña sensación de paz que comenzaba a envolverla como un manto.
Miró a su hijo, aquel niño que había criado, alimentado y enseñado, y comprendió que quizás nunca lo había conocido realmente.
No completamente.
“Hay una dimensión en él que trasciende mi comprensión”, pensó.
“Pero hay algo más, mamá, y es sobre ti”.
Carlo volvió a apretarle la mano.