—¿Cómo sabe mi nombre?
Renata llegó detrás de Santiago, con una sonrisa temblorosa.
—Qué niños tan preciosos.
Mariana la miró como si acabara de ver un fantasma.
—Nos vamos.
Santiago dio un paso.
—Mariana, por favor.
Ella se giró con los ojos llenos de rabia contenida.
—Perdiste el derecho de pedirme algo el día que preferiste una mentira antes que escucharme.
Salió con los gemelos bajo la lluvia.
Todos en el restaurante miraban.
Santiago quiso seguirla, pero Renata le apretó el brazo y susurró con la voz rota:
—Si vas detrás de ellos, vas a descubrir algo que jamás vas a poder perdonar.
PARTE 2
Santiago no durmió esa noche.
A las 2:17 de la madrugada llamó al número que Benjamín había conseguido.
Mariana contestó después de varios tonos.
—¿Cómo conseguiste mi teléfono?
—Tú sabes cómo.
—Sí. Ese siempre fue el problema contigo. Creías que todo se podía comprar.
Santiago cerró los ojos.
—¿Son míos?
El silencio del otro lado no fue duda.
Fue dolor.
—Sí.
Él apoyó una mano en la pared.
—¿Los 2?
—Son gemelos, Santiago.
La palabra lo golpeó más fuerte que cualquier insulto.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Mariana soltó una risa amarga.
—Neta tienes el descaro de preguntarme eso.
—Yo no sabía.
—No quisiste saber. Es diferente.
Santiago se quedó callado.
—Rogelio me dijo que tú habías ocultado resultados, que sabías que no podías embarazarte y que me usabas.
Mariana respiró fuerte.
—¿Rogelio?
—Sí.
—Y tú le creíste.
No había defensa posible.
—Fui un cobarde.
—Fuiste más que eso. Fuiste el hombre que me dejó sola, embarazada, rota y perseguida por un apellido que ni siquiera me quería cerca.
Antes de que Santiago pudiera responder, recibió un mensaje de Benjamín.
Hay 2 hombres vigilando el taller de Mariana. Los niños están adentro.
Santiago sintió que la sangre se le congelaba.
—Mariana, aléjate de las ventanas.
—¿Qué?
—Hazlo ahora.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy advirtiendo.
Cuando Santiago llegó a la colonia Roma, vio una camioneta negra estacionada media cuadra adelante. Otro coche estaba frente al taller con las luces apagadas.
Mariana abrió antes de que tocara.
Traía un bate de béisbol en las manos.
Detrás de ella, Mateo lloraba con pijama de dinosaurios. Elisa abrazaba su conejo, descalza.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó Mariana.
—Tienen que salir.
—No me des órdenes en mi casa.
Santiago tragó saliva.
—Por favor. No están seguros.
Esa frase sí la movió.
Mariana miró a los niños.
—Zapatos, chamarras. Juego tortuga.
Mateo se limpió las lágrimas.
—¿El rápido?
—El rápido.
Santiago entendió entonces algo que le rompió el pecho.
Mariana había enseñado a sus hijos a huir como si fuera un juego.
No para asustarlos.
Para protegerlos.
Salieron por la puerta trasera y subieron al coche de Benjamín.
Santiago ofreció llevarlos a una casa familiar en Cuernavaca.
Mariana lo miró con desprecio.
—No voy a esconder a mis hijos en otra jaula Ledesma.
Terminaron en la casa de Julia Ortega, abogada de Mariana, a las afueras de Querétaro.
Julia abrió con bata, lentes chuecos y cara de pocos amigos.
—¿Trajiste al problema? —le preguntó a Mariana.
—El problema nos siguió.
Adentro, los niños tomaron chocolate caliente mientras los adultos extendían documentos sobre la mesa.
Julia sacó carpetas viejas: estudios médicos, copias de correos, transferencias raras y papeles del fideicomiso Ledesma.
Había una cláusula que Santiago nunca había leído con atención.
Si él tenía hijos biológicos, una parte enorme de las acciones familiares pasaría a protección directa de esos niños al cumplir 5 años.
Mateo y Elisa habían cumplido 5 el mes anterior.
Mariana leyó la página y levantó la vista.
—Entonces no viniste por culpa. Viniste por dinero.
—No —dijo Santiago—. Yo no sabía nada de esto.
—Pero alguien sí.
En ese momento tocaron la puerta.
Benjamín miró por la ventana.
—Es Renata.
Mariana se tensó.
—No entra.
Pero Renata estaba empapada, sin maquillaje, sin joyas, con una memoria USB en la mano.
—Déjenme hablar. Yo sé quién cambió los expedientes.
Santiago abrió la puerta.
Renata entró temblando.
Ya no parecía la reina de Lomas.
Parecía una mujer acorralada.
Puso la memoria sobre la mesa.
—Rogelio no solo mintió. Pagó para separar a Mariana de ti.
Mariana se puso pálida.
—¿Qué estás diciendo?
Renata bajó la mirada.
—Mi hermana Camila trabajaba en archivo en la clínica donde ustedes se hicieron estudios. Rogelio la buscó. Le pagó para alterar notas y borrar resultados.
Santiago la miró con rabia.
—¿Tú lo sabías?
—No al principio.
—¿Y después?
Renata lloró.
—Después me casé contigo.
Mariana soltó una risa seca.
—Qué conveniente.
—Yo quería esa vida —confesó Renata—. Quería la casa, el apellido, las cenas, la seguridad. Me dije que no era mi asunto.
—Mis hijos sí fueron tu asunto cuando los empezaron a vigilar —dijo Mariana.
Renata se cubrió la boca.
—Eso lo supe después.
La memoria contenía correos, audios y transferencias. Rogelio había descubierto el embarazo de Mariana meses después del divorcio.
Cuando supo que eran gemelos, entendió el riesgo.
Si Santiago reconocía a esos niños, el fideicomiso se activaría y Rogelio perdería control sobre propiedades, cuentas y empresas que llevaba años manipulando.
—¿Por eso querían llevárselos? —preguntó Mariana.