—¿Y usted quién es? ¿El papá de un día? Porque eso me contaron.
Valentina sintió que el mundo se le venía encima. La mentira que por unas horas la había hecho feliz ahora la estaba dejando desnuda frente a todos.
La maestra Lupita intervino.
Próximo
—Patricia, la señora Carmen es la tutora legal.
—Por ahora —respondió ella—. Ya llamé al DIF. También tengo pruebas de que la niña vive en condiciones deplorables.
Alejandro quiso llevar a Valentina con su abuela de inmediato, pero al llegar al edificio de la colonia Obrera, encontraron una patrulla y una trabajadora social en la puerta. Doña Carmen estaba sentada en la sala, con oxígeno, llorando de rabia.
—No se la van a llevar —decía—. Antes me muero aquí.
La trabajadora social pidió calma. Patricia entró sin pedir permiso, mirando las paredes descarapeladas, el refrigerador viejo y las medicinas sobre la mesa como si fueran basura.
—¿Ven? —dijo—. Esto no es vida para una niña.
Valentina corrió a abrazar a su abuela.
—Abue, no dejes que me lleven.
Carmen besó su cabeza.
—Nadie te va a arrancar de mí, mi niña.
Entonces Alejandro vio algo sobre la mesa: una fotografía vieja. Marisol, la mamá de Valentina, sonreía cargando a su bebé. A un lado estaba una joven Patricia, y detrás… un hombre que Alejandro reconoció.
Era uno de sus antiguos socios, Ernesto Salgado, un hombre que lo había traicionado años atrás y que desapareció después de robar millones.
Alejandro tomó la foto con cuidado.
—¿Quién es él?
Carmen palideció.
—El hombre que arruinó a mi hija.
Patricia intentó quitarle la fotografía.
—Eso no importa.
Pero sí importaba.
Carmen, temblando, confesó que Ernesto había sido pareja de Marisol. Cuando ella quedó embarazada, él la abandonó. Años después, volvió buscando dinero, amenazando con quitarle a Valentina.
Patricia no había aparecido por amor.
Había aparecido porque Ernesto la mandó.
Y antes de que Carmen pudiera decir más, el celular de Alejandro sonó. Era un mensaje de un número desconocido:
“Aléjate de la niña o mañana todos sabrán tu secreto.”
Valentina miró su cara y entendió que aquello apenas comenzaba.
Y nadie estaba preparado para la verdad que saldría en la parte final.
El día de la graduación, una pequeña niña huérfana se acercó a un multimillonario y le preguntó: “¿Podría fingir ser mi papá… solo por hoy?” Lo que ocurrió después dejó a todo el auditorio llorando.